sábado, 4 de abril de 2026
viernes, 3 de abril de 2026
¿Por qué parece tan difícil construir una vida pública basada en la verdad, la libertad y la decencia?
Muchas personas sienten que cambiar nuestra vida pública para hacerla más justa, participativa y digna es algo casi imposible. Sin embargo, esta dificultad no se debe a que la humanidad sea incapaz de organizarse o a que no existan experiencias positivas en la historia. El verdadero problema es que los grupos que han tenido el control del poder estatal durante mucho tiempo han aprendido a utilizarlo de forma muy eficaz, generando una sensación de impotencia y dependencia en la población. Aunque se usan discursos y símbolos que parecen democráticos, la estructura y el funcionamiento del poder siguen impidiendo la participación ciudadana.
Como resultado, se genera una cultura política donde predomina el temor a la intervención activa de la sociedad. Se habla de libertad, derechos y progreso, pero estas ideas no se reflejan en la práctica. Poco a poco, la población llega a creer que su participación no puede cambiar nada importante. Y esta creencia, repetida durante generaciones, se convierte en una especie de hábito colectivo. Incluso personas con buenas intenciones que intentan transformar el sistema desde dentro de los partidos, descubren que éstos funcionan de forma cerrada y están diseñados para mantenerse, no para renovarse.
Puede parecer entonces que la idea de construir una vida pública basada en la decencia es algo irrealizable. Pero es necesario entender que la decencia no se limita a no robar o no mentir: significa actuar con respeto, responsabilidad y sentido comunitario. La vida pública no es solo asunto de políticos, funcionarios o personajes mediáticos; también pertenece a las familias, vecinos y al conjunto de la ciudadanía, que son quienes sufren o disfrutan las consecuencias de las decisiones públicas. Por eso, la sociedad tiene el derecho y la responsabilidad de defender su dignidad frente al abuso, la manipulación y la falta de respeto.
Una de las dificultades más profundas es que vivimos en entornos donde la mentira se ha normalizado. Decir la verdad, en lugar de ser lo esperado, puede llegar a parecer extraño, ingenuo o incluso peligroso. Quienes afirman que unir la decencia, la inteligencia, el coraje y la lealtad para transformar lo público es imposible, sin quererlo, terminan justificando la permanencia de la falta de ética, la ignorancia, el miedo y la deslealtad. Con el tiempo, lo que empezó como un "fingimos que esto es así" termina convertido en un "esto es así y no puede cambiarse". La mentira se transforma en costumbre y la costumbre en una especie de realidad aceptada.
Así, la población pasa de una obediencia impuesta a una obediencia voluntaria, disfrazada de consenso. Muchas personas no creen que sea posible reemplazar el actual sistema político por uno realmente democrático, no porque lo hayan analizado a fondo, sino porque temen ilusionarse nuevamente y ser decepcionadas. No creen en nuevas alternativas porque ya han perdido la confianza en quienes prometen cambios, aunque sigan deseando vivir en libertad y justicia.
Frente a esta situación, surgen ideas poderosas que pueden orientar un camino distinto. La República Constitucional, como concepto, propone devolver a la sociedad civil la conciencia de sí misma y de su capacidad de controlar al Estado, a través de instituciones que representen genuinamente a la ciudadanía. Conocer y vivir estas ideas puede generar un cambio real en la cultura política y social, más allá de la mecánica burocrática o de las formas externas de gobierno.
El cambio no se consigue solo con teorías, sino con acción organizada y consciente. Esta acción debe ser pacífica, cívica y coherente con el objetivo de superar las instituciones serviles actuales. La organización de quienes buscan la transformación debe basarse en la confianza mutua, no en ideologías, intereses personales ni resentimientos sociales, sino en la solución concreta del problema político: implantar la democracia formal primero en la mente y el corazón de las personas, antes de llevarla con seguridad y alegría a las instituciones.
Asimismo, esta acción debe ser estratégica y continua, enfocándose en los puntos clave donde la servidumbre voluntaria se reproduce: votaciones, educación, medios de comunicación, empresas encuestadoras, conflictos sociales y crisis económicas. La libertad política colectiva no se logra con un solo esfuerzo masivo, sino mediante intervenciones constantes que despierten la conciencia individual y la integren en la parte más dinámica, abierta y valiente de la sociedad civil, capaz de seguir la inteligencia objetiva de la acción, en lugar de depender de líderes o jefes.
jueves, 2 de abril de 2026
miércoles, 1 de abril de 2026
DEMOCRACIA DIRECTA
No son pocos los ilusos u oportunistas que hacen proselitismo de la democracia directa como la solución al Estado de Partidos que existe en España. Para aquellos que creen, de manera inocente pero bien intencionada, que tal forma de gobierno es deseable tengo unas palabras que deberían considerar primero de lanzarse a los brazos de los demagogos.
Uno de los principales argumentos para defender la democracia directa hoy, es el uso de la tecnología como forma de superar la imposibilidad de reunir a un elevado número de personas. Se piensa que con los medios electrónicos disponibles sería relativamente sencillo implementar aplicaciones capaces de poner literalmente en los bolsillos de cada español la capacidad de voto. Si bien es factible, y soslayando las reticencias que tal sistema podría suscitar en cualquier persona con sentido común, el verdadero problema que esto supondría sería simple y llanamente que sería la pasión y no la razón la que nos gobernase. Pasión que sería de hecho fácilmente manipulable en cada momento y que daría como resultado unas leyes cambiantes según los vientos de la opinión. Opinión que estaría del mismo modo en manos de las élites que controlasen los medios de comunicación. Daría tal sistema rienda suelta al gran peligro que supone dejar en manos de la mayoría todo el poder legislativo sin los necesarios mecanismos de control que garantizasen los derechos de las minorías (Constitución). Hablamos aquí de una dictadura de la “masa”.
Cualquiera de nosotros, si somos honestos, reconoceríamos que la gran mayoría de nuestros convecinos (incluso nosotros mismos) carecen de la capacidad para siquiera entender las consecuencias de las leyes que se les propusiesen y poco importa de dónde viniesen esas propuestas, pues si han de ser expertos los que las realicen o los mismos ciudadanos individualmente, estaríamos ante una élite controlable en el primer caso y un caos irracional en el segundo.
La capacidad de elegir no es la única capacidad deseable de un gobierno consentido y por tanto digno. Elegir sin controlar no traería la justicia a la que tal gobierno consentido debe aspirar. La desigualdad se generaría inmediatamente mediante la simple manipulación de las pasiones. La ciencia social ha demostrado que la tendencia facciosa del ser humano es un hecho cierto, repetido una y otra vez en la historia, y que los individuos, incluidos los más inteligentes, se comportan de manera menos racional cuando se reúnen en una masa. Cambiar la tiranía de unos pocos (Estado de Partidos), por la tiranía de la mayoría (Democracia Directa o Asamblearia), no es la solución. La solución es un sistema en el que la Libertad política quede institucionalizada en la forma de la Democracia Representativa dentro de una República Constitucional en la que la representación política esté personificada por los representantes de cada distrito ligados por mandato imperativo de los electores, los cuales tras el necesario filtro del debate y la deliberación en una cámara de representantes, elaboren como resultado, unas leyes que respondan a la razón y no a la pasión y donde la separación de poderes garantice el control de tal gobierno consentido. Donde una Constitución sea la herramienta de control del sistema político y garantía de los derechos de los ciudadanos.
“Del mismo modo que la mayoría de los ciudadanos que tienen suficiencia para elegir no la tienen para ser elegidos, el pueblo, que tiene capacidad suficiente para darse cuenta de la gestión de los demás, no está capacitado para llevar la gestión por sí mismo” Montesquieu.
Pericles. Museos Vaticanos. Daniel Prieto
