Votas, te sientes libre y hasta te felicitas por “cumplir con la democracia”, pero si tu voto sólo ratifica listas diseñadas desde el poder, lo único que haces es legitimar el mismo sistema que dices querer cambiar. Te venden pluralismo y compras etiquetas; te hablan de soberanía popular y aplaudes sin preguntarte quién decide realmente. La ironía es brutal: crees participar mientras todo ya está decidido, defiendes bandos que dependen del mismo engranaje y llamas estabilidad a lo que en realidad es pura inercia política. Pero tranquilo, sigue votando convencido… el sistema necesita más creyentes que ciudadanos.
viernes, 15 de mayo de 2026
jueves, 14 de mayo de 2026
VOTAR SIN DEMOCRACIA
Votar sin democracia no es un acto de libertad, es una escenificación vacía destinada a legitimar lo que ya está decidido de antemano. Cuando el marco político niega la posibilidad real de elegir, el voto deja de ser un instrumento de decisión y se convierte en un mecanismo de validación del poder. No hay dignidad en participar en un proceso donde las reglas impiden cuestionar su propia base; eso no es participación, es sumisión revestida de civismo.
Lo verdaderamente indecoroso no es abstenerse, sino colaborar con una ficción que necesita del gesto del votante para sostenerse. Se pretende hacer pasar por responsabilidad lo que en realidad es conformismo inducido. Votar en ausencia de democracia no refuerza la libertad, la suplanta. Y quien participa sin cuestionarlo no ejerce un derecho: contribuye, consciente o no, a perpetuar el engaño.
miércoles, 13 de mayo de 2026
EL CONOCIMIENTO
A decir de Locke, nuestros conocimientos varían en claridad dependiendo de la concordancia o no de nuestras ideas. Lo que él llamó “conocimiento intuitivo”-aquel en el cual la concordancia o no concordancia de dos ideas se perciben por si mismas- son verdades que la mente percibe sin intervención de ninguna otra idea. Así lo blanco no es negro, un círculo no es un triángulo, etc. Es el grado más bajo del conocimiento.
El siguiente grado -cuando la concordancia o no concordancia de ideas no puede ser determinada de manera inmediata- se sirve de otras ideas para descubrir la concordancia o no concordancia que buscamos, a esto es a lo que llamamos razonar. Así, las ideas de que nos servimos se llaman pruebas y el resultado demostración. El conocimiento mediante pruebas no es tan rápido y requiere esfuerzo y atención. Se requiere una lenta progresión gradual antes que la mente alcance la certeza. Antes de ella, había duda. De vital importancia es la claridad de las ideas intermedias, pues si una de ellas es confusa los hombres abrazan falsedades.
La intuición y la demostración son los grados de nuestro conocimiento: todo lo que no pueda referirse a uno de éstos dos grados no es sino fe u opinión, pero no conocimiento.
Las ideas confusas no pueden producir un conocimiento claro o distinto, en cuanto que son confusas, la mente no puede percibir con claridad si concuerdan o no. Dicho de otro modo: quien no tiene ideas adecuadas a las palabras que usa no puede establecer proposiciones de cuya verdad pueda estar seguro.
Como decía Antonio García-Trevijano “Del error se sale, de la confusión, jamás”. Él mismo afirmaba también que la perversión intencionada del lenguaje impedía salir de la confusión.
Esta breve explicación, pienso, es muy adecuada para entender el gran problema que los españoles tienen para comprender que no hay Democracia en España. Es imposible que su razonamiento llegue a una demostración cuando las ideas están intencionalmente oscurecidas. Creen que hay Democracia sólo por la repetición de la propaganda estatal, pero no han realizado el esfuerzo de razonar si hay concordancia entre lo que existe y la idea Democracia. Si no se sabe que la idea Democracia tiene tantas definiciones como autores, pero que todas ellas se agrupan en dos principales, a saber: Democracia material -igualdad de condiciones- o Democracia política -separación de poderes más representación- es imposible demostrar mediante la razón la concordancia o no de esta idea y por tanto no puede haber conocimiento.
Sabiendo que en España no existe separación de poderes-en una votación se ratifica al legislativo y al ejecutivo- y tampoco representación política -las listas de partido y el sistema proporcional lo impiden- se tienen ya claras las ideas -herramientas- necesarias para saber si hay concordancia entre la idea Democracia -política- y la realidad existente. El negarse a razonar o negar el resultado de la demostración, no son un problema de inteligencia, sino de cinismo -tema que no interesa aquí-.
Para aquellas personas dispuestas a seguir sus propios razonamientos y dejar de creer para llegar al conocimiento, sólo hay un camino y éste es la claridad de las ideas necesarias para tales comprobaciones. En España no hay Democracia política pues las ideas no concuerdan con la realidad. Esa es la verdad de los hechos a la que cualquier individuo puede llegar por si mismo, si se dota de la claridad de ideas necesaria para llegar a tal conclusión. Le invito pues a investigar por su cuenta las definiciones de representación política y separación de poderes -ambas características mínimas de la Democracia política- para llegar a un verdadero conocimiento -demostración- y abandonar-creencias- que le mantienen en el error. Votar cuando no hay Democracia es un acto de ignorancia o de sinvergüencería. La ignorancia se puede remediar mediante el razonamiento. En su mano está pues la elección.
Nada puede ser tan peligroso como los principios adoptados sin examen, especialmente si influyen en la vida de los hombres. Si los que se consideran principios no son ciertos, sino que lo parecen por un asentamiento ciego por nuestra parte, entonces somos susceptibles de ser extraviados por ellos, y en lugar de ser guiados hacia la verdad seremos conducidos por tales principios hacia el error.
“Los apetitos y las pasiones nublan la razón. Decid a un hombre enamorado apasionadamente que ella lo engaña, y presentadle una veintena de testimonios de su falsedad. Tres palabras amables de ella invalidarán todos estos testimonios.”
La Verdad y la Falsedad (Alfred Stevens)
martes, 12 de mayo de 2026
jueves, 7 de mayo de 2026
DE LAS BARRERAS DE LA CONCIENCIA
La difusión cultural de la Libertad es una labor titánica. Quien ha pasado a la acción, sabe bien que enfrenta multitud de problemas y barreras para hacerse, no solo oír, sino comprender. En el presente texto, analizaré algunas de las dificultades que, por mi experiencia, resultan las más difícilmente soslayables.
Resulta fácilmente comprobable, para quien haya reflexionado sobre el asunto, que la forma de pensar está directamente relacionada con la educación recibida y el ambiente en el que el individuo se ha desarrollado. Si bien estas influencias pueden ser revertidas a través de nuevas experiencias y entornos, la conciencia tiende a la negación de cualquier contradicción que se presenta ante los criterios ya establecidos y fijados por el individuo. Este hecho es fácilmente reconocible cuando se habla con personas de otros países y con culturas muy desiguales. Uno tiene la sensación de hablar en códigos y parámetros diferentes.
De ser esta relación de las ideas y lo material algo enteramente determinista, no habría pues Libertad alguna en el individuo para poder modificar su pensamiento. Mi experiencia me demuestra que tal determinismo no es más que un fuerte condicionamiento y no una barrera infranqueable. Pero ese condicionamiento conlleva que para muchos sea una cárcel mental sin llave. El devenir de la historia, las condiciones materiales y la educación (no solo académica sino social y propagandística) son modeladores de las conciencias, pero en ningún modo imposibilitan la libertad de pensamiento.
Parece contraintuitivo pensar que no existe libertad de pensamiento cuando se analizan acciones cotidianas, uno no paga productos en su carro de la compra que hayan sido colocados por otras personas, no se permite que otra voluntad se imponga a la propia, no se permite a otra conciencia que se sobreponga a la personal. Es precisamente esta situación la que nos lleva al concepto de alienación (en la visión marxista). Alienación que define precisamente el proceso mediante el que se deja que otra conciencia se imponga a la nuestra, dicho de otra manera, la desposesión de nuestra condición humana (nuestra conciencia).
Una persona alienada sería aquella que justificase una situación adversa a sus intereses por la sumisión de su conciencia a una influencia exterior que le gobierna. En el caso de la falta de libertad política que se vive en España, situación claramente desequilibrada para los gobernados, el individuo justifica esa situación con todos los artificios intelectuales que sea capaz de generar. En lugar de que sea la propia conciencia la que determine que esa situación no le conviene, permite que la conciencia de quien le mantiene siervo se imponga. Acepta como inamovible la condición en la que vive sometiéndose así de forma voluntaria.
Esta interiorización del gobernado de la voluntad del gobernante le impide considerar que, sin él, quien le gobierna no podría ejercer su poder, que es precisamente la legitimación del poder que le somete, lo que mantiene esa situación de desventaja. En lugar de considerar esta situación, la persona alienada se aferrará precisamente a lo que la impide salir de esa relación. Mantendrá que la situación no puede cambiar, que siempre ha sido de esa manera, que nadie va ha cambiar y toda una serie de justificaciones de su propia anulación como individuo. Precisamente la situación ideal para la conciencia que se impone, pues sin consentimiento no hay servidumbre.
¿Cómo aceptar que se es un siervo voluntario? Uno no aceptará jamás esa idea, no de manera consciente, a menos que se esté alienado, en cuyo caso no solo se acepta, sino que se justifica. Lo que hace a quien se somete responsable de su sometimiento, no individual sino colectivamente.
Difícilmente se puede derribar la barrera que presenta una conciencia alienada, por lo que no deben ser ellas el objetivo de la labor de difusión cultural que nos proponemos. Las personas condicionadas, que no alienadas, por la situación de servidumbre en la que viven pueden, mediante la confrontación a otra conciencia que presente una alteración de lo experimentado hasta entonces, agrandar su estado de consciencia y mediante la reflexión y análisis comprender que su servidumbre no responde a sus intereses. La persona alienada actúa contra sus intereses sin ser consciente, reduciendo así su capacidad de salir de esta trampa. Como alguien drogado, cuyo estado de consciencia está disminuido por la droga, la persona alienada no puede darse cuenta de su situación, está incapacitado para ello. Sin necesidad de drogar a la población basta con crear las condiciones materiales que lleven al individuo a la alienación. Un votante sin democracia alienado jamás puede poner en tela de juicio su situación, la cual justificará de todas las maneras inimaginables e irracionales posibles. Para esta persona votar es un privilegio y de perderlo pondría en riesgo lo que considera normal, incluso beneficioso.
Una persona alienada no sabe, por definición, que está alienada, ni tan siquiera concibe la idea de alienación, si así fuese estaría, de hecho, saliendo de ese estado. Por tanto, es sencillo detectar el estado de alienación de una persona con la que se habla. Si no existe reflexión ni respuesta a la razón y la lógica, dando muestras de cerrazón y negación de lo que supone una alteración de sus creencias, estamos sin duda ante una barrera infranqueable que no merece el esfuerzo de ser enfrentada. Si por el contrario recibimos respuestas consecuentes a la lógica e intentos de volver a las creencias anteriores, tenemos ante nosotros una conciencia que está en mayor o menor grado lista para expandirse y donde habrá posibilidad de ejercer una influencia positiva haciendo que se exponga a nuevas ideas que le lleven a la reflexión.
Nuestra labor pues, es la de confrontar a las conciencias no alienadas, con otra visión distinta a la que los individuos consideran como “normal” y que puedan así mediante el autoexamen y la reflexión salir de un estado de consciencia limitado en el que su situación social, material e histórica les ha mantenido. Lo “normal”, lo que se ha hecho habitud, lo que se repite, es la mentira y la persona alienada no tiene capacidad para salir de esa normalidad. Pero lo “normal” para una conciencia que se cuestiona lo que es normal cuando se expone a una alteración de esa normalidad, puede y de hecho lo hará, reconocer esa normalidad como un perjuicio de sus intereses. La alienación es la privación de medios de reflexión sobre la propia condición, la privación de la conciencia de su propia servidumbre.
Con una sociedad alienada no hay necesidad de recurrir a la violencia como medio de dominación. Un totalitarismo evolucionado no necesita de la represión física. Y en esa situación el poder justifica su fuerza en el consentimiento del dominado. Ahí está la verdadera fuerza de la cultura de la Libertad, la capacidad mediante la alteración de la normalidad, de ofrecer una vía de reflexión a las conciencias para que reconozcan su estado de servidumbre rompiendo así la legitimación del poder. A más conciencias capaces de reconocer la mentira más deslegitimación, a más conciencias capaces de ofrecer una alteración a la norma más dificultades para que una mayoría esté alienada.
La conclusión positiva de toda esta reflexión sobre la alienación es que todos nosotros somos, individual y colectivamente, los depositarios de la conciencia humana sobre la tierra y si la lucha por la conciencia precede a toda otra lucha, si la lucha por la conciencia es la única que es imperdonable de no ser llevada a cabo, no olvidemos que ante todo se trata de una lucha contra nosotros mismos, de una lucha contra lo que nos impide ver claro, una lucha contra lo que dentro de nosotros juega en nuestra contra.
Relatividad - Maurits Escher
miércoles, 6 de mayo de 2026
martes, 5 de mayo de 2026
LA DESPOLITIZACIÓN DEL CIUDADANO
El Estado de Partidos no se sostiene únicamente por mecanismos jurídicos
o institucionales. Su estabilidad requiere una transformación más
profunda: la despolitización progresiva del ciudadano. Cuando la
sociedad pierde la capacidad de pensarse a sí misma como sujeto
constituyente, el control del poder deja de ser siquiera una aspiración.
La despolitización no implica apatía absoluta ni desinterés por los
asuntos públicos. Al contrario, en España existe una intensa actividad
discursiva en torno a la política:
debates mediáticos constantes,
confrontación ideológica, indignación moral, identificación partidista.
Lo que desaparece no es la política como conversación, sino la política
como facultad de decisión colectiva.
El ciudadano despolitizado opina, pero no decide. Se informa, pero no controla.
Participa
en discusiones sobre medidas concretas, líderes o escándalos, sin
cuestionar las reglas del juego que hacen irrelevante su opinión. La
atención se desplaza del poder como estructura al poder como
espectáculo.
Este desplazamiento no es casual. En ausencia de
Libertad Política Colectiva, la discusión sobre fines sustituye a la
discusión sobre reglas. Se debate qué debería hacerse desde el poder,
pero no quién lo controla ni cómo puede ser limitado. La política se
reduce así a una competencia moral entre relatos, no a una lucha por la
constitución del poder.
La educación cívica, los medios de
comunicación y el discurso institucional refuerzan este proceso. Se
enseña a los ciudadanos a identificarse con valores abstractos —
democracia, progreso, derechos— sin explicar las condiciones políticas
que hacen posible su realización. El lenguaje político se llena de
palabras nobles que encubren relaciones de poder intactas.
La
despolitización tiene además una dimensión psicológica. Al no existir
mecanismos reales de control, el ciudadano aprende que su acción no
tiene consecuencias. Esta experiencia repetida genera resignación,
cinismo o refugio en identidades ideológicas que proporcionan sentido
sin poder. El individuo se adapta al régimen reduciendo sus expectativas
políticas.
En este contexto, la protesta pierde su contenido
político. Puede ser masiva, ruidosa o emocionalmente intensa, pero
carece de eficacia estructural. Sin representación ni poder
constituyente, la protesta no amenaza al orden político: lo refuerza al
canalizar el descontento fuera de las instituciones decisivas.
El
resultado es una sociedad intensamente politizada en apariencia y
profundamente despolitizada en realidad. Se habla de política sin poder
político. Se exige responsabilidad a gobernantes que no dependen de los
ciudadanos. Se reclama cambio sin disponer de los instrumentos para
producirlo.
Comprender la despolitización del ciudadano es
esencial para evitar diagnósticos erróneos. El problema no es la falta
de interés, ni la ignorancia, ni la pasividad moral de la sociedad. El
problema es la ausencia de libertad política que convierte toda energía
social en ruido inofensivo.
Solo cuando la sociedad recupere la
conciencia de sí misma como sujeto constituyente podrá dejar de
confundirse participación con expresión y opinión con poder. Mientras
tanto, la despolitización seguirá siendo uno de los pilares más eficaces
del Estado de Partidos.
Extracto del libro LA MINORÍA CONSCIENTE. Descarga gratuita aquí
lunes, 4 de mayo de 2026
domingo, 3 de mayo de 2026
LA ACCIÓN CONSTITUYENTE
La Acción Constituyente: una filosofía de cambio político. Antonio García-Trevijano Forte.
La historia de la humanidad está marcada por grandes momentos de cambio, donde las ideas y la acción se unen para crear nuevas formas de organización social. La filosofía de la Acción Constituyente, describe un esquema de acción política que surge como respuesta a la necesidad de transformar las estructuras políticas existentes. En este simple resumen, exploraremos las partes principales de este esquema y cómo se relacionan para lograr un cambio significativo en la sociedad.
El esquema de la Acción Constituyente es posterior a la idea y anterior a la práctica, lo que significa que se basa en un conjunto de principios y valores que guían la acción. La filosofía de la Acción Constituyente de la República Constitucional se basa en cuatro Ideas-Fuerza: la representación de la sociedad civil, la separación de poderes, la lealtad de la forma a la materia y la equivalencia verdad=libertad. Estas ideas-fuerza son la base y motor para la acción política que busca transformar la sociedad.
Los principios generales del esquema de la Acción Constituyente son la continuidad, la homogeneidad y la retroacción. La continuidad se refiere a la necesidad de no detenerse en el tiempo ni separar, en el espacio nacional, las acciones para acumular inercias. La homogeneidad significa que los medios que se utilicen deben tener la naturaleza pacífica de los fines. Por último, la retroacción se refiere a la necesidad de incorporar a las acciones futuras las enseñanzas de las acciones ya efectuadas.
La Acción Constituyente se divide en tres fases. La primera fase es la fase de difusión, que tiene como objetivo destruir la servidumbre voluntaria. Esta fase se lleva a cabo a través de la acción horizontal, donde se difunden las ideas-fuerza de la Acción Constituyente a través de los más diversos medios. La segunda fase es la fase de acción constructiva de la Libertad Política Colectiva, que implica la movilización del Tercio Laocrático mediante consignas de acción llevadas a cabo por los más destacados difusores de las cuatro ideas fuerza (acción vertical). La tercera fase es la fase de agitación social, cuyo objetivo es forzar la apertura de un periodo de Libertad Constituyente cuando se alcance la saturación social que reclame la cristalización de la idea.
jueves, 30 de abril de 2026
miércoles, 29 de abril de 2026
EL HOMBRE DEL ESPEJO
La reflexión requiere una cantidad enorme de energía y tiempo, es una actividad exigente que demanda práctica y constancia. No es de extrañar pues, que la comodidad intelectual de admitir tópicos y conceptos ya elaborados, tenga una aceptación tan rápida y extendida. Cualquier explicación rápida y sencilla nos libera del trabajo de reflexionar, si a esta explicación añadimos un componente pasional, pocos son los que pueden escapar a los encantos de lo fácil. Sin embargo, lo fácil, no tiene que ser necesariamente lo que nos conviene. De ahí la importancia de la reflexión, ese ejercicio que nos ha de conducir, si se ejecuta con honestidad intelectual, a una claridad que nos permita tomar la decisión propia.
Si hay una parcela de nuestras vidas donde nuestros intereses están realmente en juego, esa es la de lo político (lo que a todos afecta). Es aquí donde la reflexión debería estar presente en todo momento y sin embargo la demagogia nos llevará, de la mano de las pasiones, a los caminos que nos alejan de la razón si no se toman las precauciones pertinentes.
Lo fácil es culpar a la clase política de los problemas, elegir un bando (color, ideología) y culpar, al contrario, o simplemente, dejarse hacer, porque buscar una solución requiere esfuerzo. Lo necesario para nuestros intereses es, por el contrario, reflexionar sobre lo que existe. Es buscar las causas de las consecuencias que vemos y padecemos.
Preguntarse por qué en España existen leyes que no responden a los intereses de los españoles sería un buen comienzo. Enseguida veríamos, que las leyes, no las hacen los españoles sino los partidos políticos. Preguntarse quién es mi diputado, nos demostraría que no existen representantes de la sociedad, sino empleados de los partidos, pues no hay representación política. Preguntarse por qué son los partidos los que eligen jueces, nos demostraría que no hay independencia judicial. Preguntarse por qué todos los presidentes del gobierno anuncian las leyes que harán, cuando el poder ejecutivo no está para crear leyes sino para ejecutarlas, revelaría la falta de separación de poderes. Serían todas estas cuestiones la manera de revelar la única conclusión posible y ésta es, que lo que existe en España no se corresponde con la definición de Democracia.
Si no es Democracia, tal como los hechos demuestran, tendrá que ser otra cosa lo que hay en España como forma de gobierno. Con un poco de interés, pronto se puede averiguar que lo que existe hoy se llama Estado de Partidos y que sus características responden a lo que vemos, es decir, ausencia de representación política de los gobernados, partidos estatales y por supuesto nada de separación de poderes. Aprenderíamos que con esta forma de gobierno los votantes se convierten en legitimadores de lo que existe y responsables directos de las acciones del Estado, por muy indignas que éstas nos parezcan. Y llegaríamos a la claridad de ver, que el culpable de las consecuencias que padecemos, es el mismo que sostiene las causas que las provocan, es decir el hombre del espejo.
No son los gobiernos, no son los presidentes, no es el
partido, es la forma de gobierno la fuente causal de todo cuanto vemos y es ese
hombre del espejo el que lo apoya y sostiene cuando deposita su voto en una
urna sin Democracia. Es ahí donde comienzan sus problemas y es ahí donde está
la solución que nos muestra la razón obtenida mediante la reflexión. Dejar de
sostener lo que nos perjudica, es el paso inteligente que ha de dar cualquiera
que quiera mirarse al espejo sin un sentimiento de culpa. No vote y mírese al
espejo con dignidad pues usted ya no será sostén de la falta de Libertad y de
Democracia.
Falso espejo de Magritte | Rene magritte
martes, 28 de abril de 2026
lunes, 27 de abril de 2026
REVOLUCIÓN POLÍTICA
Hay una paradoja que define nuestro tiempo político: nunca se habla tanto de cambio y, sin embargo, nunca ha parecido tan difícil que ocurra uno verdadero. La palabra “revolución” ha sido domesticada hasta convertirse en un eslogan publicitario o en una promesa electoral vacía. Pero si observamos con atención la estructura real del poder en España, dentro del llamado Estado de Partidos, la pregunta relevante no es por qué no hay una revolución, sino por qué ha llegado a hacerse impensable incluso cuando sobran motivos para ella.
La respuesta no está en la ausencia de problemas, ni siquiera en la falta de descontento. España arrastra desequilibrios económicos, frustración generacional, descrédito institucional y una creciente desconfianza hacia la clase política. Y, sin embargo, nada de eso desemboca en una impugnación efectiva del régimen. Al contrario: todo parece reconducirse, una y otra vez, hacia su propia reproducción. El régimen absorbe la crítica, la metaboliza y la devuelve convertida en una variante de sí mismo.
Esto no es casual. Las grandes transformaciones políticas nunca han surgido simplemente del malestar. Surgen cuando ese malestar coincide con una conciencia clara de sus causas y con la existencia de una alternativa imaginable. Hoy, en España, ni lo uno ni lo otro se da plenamente. El malestar existe, pero está fragmentado, disperso en múltiples reivindicaciones parciales. Y la alternativa —una verdadera Democracia Formal basada en la Libertad Política— apenas forma parte del horizonte mental de la mayoría.
El Estado de Partidos ha logrado algo extraordinariamente eficaz: presentarse como sinónimo de democracia. Esta identificación es el pilar de su estabilidad. Mientras los ciudadanos crean que votar cada cuatro años a listas elaboradas por cúpulas partidistas equivale a ejercer control al poder, no habrá impulso suficiente para cuestionar el régimen. Pero conviene decirlo con claridad: acudir a las urnas, tal como está configurado, no hace posible la Libertad Política. Es, en el mejor de los casos, un mecanismo de legitimación periódica de decisiones que los ciudadanos no controlan.
En España no gobiernan los ciudadanos, ni siquiera sus representantes. Gobiernan los partidos estatales. Son ellos quienes elaboran las listas, quienes deciden quién entra y quién queda fuera, quienes imponen la disciplina interna y quienes, en última instancia, controlan tanto el poder legislativo como el ejecutivo. Incluso el poder judicial, que debería ser independiente, se encuentra condicionado por acuerdos y repartos que responden a intereses partidistas. Hablar de separación de poderes en este contexto es, como mínimo, una exageración.
¿Por qué, entonces, no hay una reacción más contundente frente a esta realidad? Precisamente porque el régimen ha aprendido a suavizar sus aristas. No se presenta como una estructura opresiva, sino como un marco de derechos y oportunidades. Y, en parte, lo es. El desarrollo del Estado del bienestar, la ampliación de libertades civiles y la mejora de las condiciones materiales de vida han generado una base de estabilidad que reduce la percepción de urgencia. No vivimos en una situación de miseria generalizada que empuje a la desesperación. Pero tampoco en una democracia que garantice la libertad política.
Esta zona intermedia es la más resistente al cambio. Cuando la opresión es evidente, la rebelión se vuelve legítima, comprensible y apremiante. Cuando la libertad es real, la estabilidad se justifica por sí misma. Pero cuando se mezclan elementos de ambas —cierto bienestar con ausencia de capacidad de decisión— lo que se produce es una especie de conformismo crítico: se protesta, se vota, se debate… pero no se piensa en revolución.
A esto se añade otro factor decisivo: la complejidad del sistema. El Estado de Partidos no es solo un conjunto de instituciones políticas; es una red que incluye medios de comunicación, estructuras administrativas, organizaciones económicas y dinámicas sociales profundamente interconectadas. Alterar uno de sus elementos implica afectar a todos los demás. Esta interdependencia actúa como un mecanismo de defensa frente a cualquier intento de cambio estructural.
Incluso las fuerzas que nacen con vocación de ruptura acaban integrándose en esta lógica. Lo hemos visto repetidamente: nuevos partidos que irrumpen con un discurso crítico terminan adoptando las prácticas que decían combatir. No se trata necesariamente de una traición consciente, sino de la fuerza de un sistema que premia la adaptación y castiga la disidencia real. Para operar dentro de él, hay que aceptar sus reglas. Y al aceptarlas, se renuncia a transformarlo.
Por eso, si hablamos de revolución hoy, no podemos pensar en los términos clásicos de insurrección violenta o ruptura abrupta. No solo porque sería indeseable, sino porque sería inviable. Las condiciones sociales, económicas y culturales no conducen a ese tipo de escenarios. Pero eso no significa que el cambio profundo sea imposible. Significa que debe adoptar otra forma: la de una revolución política no violenta.
Pero hay una razón más profunda —y más inquietante— que explica por qué la idea misma de revolución ha dejado de formar parte del horizonte mental de los ciudadanos. No se trata solo de estabilidad institucional o de complejidad del régimen, sino de una transformación en la psicología colectiva.
En una sociedad donde la igualdad relativa se combina con la búsqueda constante de bienestar, el individuo medio no percibe con claridad qué podría ganar con una ruptura política. En cambio, imagina con nitidez lo que podría perder. Su empleo, su vivienda, su seguridad, su entorno cotidiano. No se trata de pérdidas reales e inevitables, sino de escenarios anticipados que adquieren, en su mente, una fuerza casi tangible. La imaginación del riesgo opera así como un mecanismo de contención más eficaz que cualquier coerción externa. La revolución deja de aparecer como una posibilidad de mejora y pasa a ser interpretada como una amenaza. Y cuando la expectativa de pérdida —aunque sea hipotética— pesa más que la posibilidad de ganancia, la inacción se impone como comportamiento dominante.
Este fenómeno se acentúa por la orientación vital de los ciudadanos. La mayoría no vive pendiente de cuestiones políticas estructurales, sino absorbida por sus proyectos personales: mejorar su nivel de vida, asegurar su futuro, sostener su entorno familiar. En ese contexto, cualquier apelación a transformaciones profundas del sistema político aparece como una perturbación indeseable. No solo no se desea una revolución: se desea activamente que no ocurra nada que altere el curso de la vida cotidiana.
De ahí que las pasiones políticas intensas hayan perdido fuerza. No porque no existan conflictos, sino porque estos se canalizan dentro de los márgenes del propio régimen. La energía social no desaparece, pero se disuelve en debates, elecciones y alternancias que no cuestionan lo esencial. El resultado es un tipo de estabilidad que no nace de la satisfacción plena, sino de la adaptación.
A esto se suma un factor decisivo: el peso de la opinión dominante. En una sociedad donde los individuos se perciben como relativamente iguales, la fuerza de la mayoría no necesita imponerse mediante coerción directa. Basta con su reconocimiento social. La aprobación colectiva se convierte en una forma de validación imprescindible, y su ausencia en una forma de exclusión difícil de soportar.
No es necesario prohibir ideas disidentes para que desaparezcan; basta con situarlas fuera del consenso aceptable. Quien se aparta de la opinión dominante no se enfrenta tanto a la represión como al aislamiento. Y el aislamiento, en sociedades densamente interconectadas, actúa como un mecanismo de corrección extremadamente eficaz. No se castiga tanto lo que se dice como el hecho de decirlo fuera de lugar.
En estas condiciones, la presión de la mayoría no solo limita la acción, sino que moldea el pensamiento. El individuo no solo duda de la viabilidad de sus ideas, sino incluso de su legitimidad. Cuando una posición no es compartida por la mayoría, tiende a percibirse como errónea, no necesariamente por sus argumentos, sino por su falta de respaldo. La convicción cede ante el consenso.
Este fenómeno es especialmente relevante para entender por qué una transformación política profunda no puede surgir hoy de una explosión violenta. No hay base psicológica ni social para ello. No existe una masa dispuesta a arriesgarlo todo, ni una conciencia colectiva que legitime una ruptura abrupta. Pretenderlo no solo sería irreal, sino contraproducente: reforzaría precisamente los mecanismos de defensa del régimen.
Por eso, la única revolución posible en un contexto como el español es necesariamente pacífica. Pero conviene precisar qué significa esto. No se trata de una reforma concedida desde arriba ni de un simple relevo electoral. Se trata de un proceso de cambio en el que la legitimidad se desplaza gradualmente desde el régimen hacia un nuevo modelo basado en la Libertad Política.
Ese desplazamiento comienza cuando una parte significativa de la sociedad deja de identificarse con las reglas del juego existentes. No se trata de una retirada pasiva, sino de una toma de posición activa: comprender que la legitimidad no reside en lo establecido, sino en su adecuación a principios superiores. Cuando esa comprensión se extiende, el régimen sigue funcionando formalmente, pero pierde su fundamento real.
En ese momento, la cuestión decisiva es qué ocupa ese vacío. Porque ningún sistema cae simplemente por desgaste; necesita ser reemplazado por otro que sea percibido como más justo, más racional y más acorde con las aspiraciones de la sociedad. De ahí la importancia de definir con precisión qué entendemos por Democracia Formal.
Esa alternativa pasa por la representación real, la separación efectiva de poderes y la existencia de mecanismos de control ciudadano que no dependan de la voluntad de quienes ejercen el poder. Supone reconstruir la relación entre gobernantes y gobernados sobre bases de responsabilidad, y no de obediencia.
La cuestión, por tanto, no es si España necesita o no una transformación política profunda. La cuestión es si será capaz de llevarla a cabo de manera consciente, ordenada y no violenta, o si dejará que el deterioro del sistema genere tensiones que escapen a ese control. En este sentido, la revolución política no violenta no es una amenaza, sino una oportunidad: la de reconstruir el marco institucional sobre bases que garanticen la Libertad Política y hagan posible una Democracia Formal. Mantener el statu quo entraña más riesgos que apostar por el porvenir; la verdadera temeridad es elegir la servidumbre por temor a dar el paso necesario.
Se trata de reconocer los límites del régimen actual y superarlos. De pasar de una situación en la que los ciudadanos solo pueden ratificar a otra en la que puedan determinar realmente quién les representa y cómo se ejerce el poder. De sustituir la lógica de la obediencia partidista por la de la responsabilidad política.
Las grandes revoluciones se han hecho raras porque los sistemas políticos han aprendido a prevenirlas. Pero esa misma capacidad de adaptación puede convertirse en un obstáculo para el progreso si impide abordar reformas necesarias. La historia no ha terminado. La posibilidad de cambio sigue ahí, aunque adopte formas distintas a las del pasado.
La pregunta es si estamos dispuestos a asumir lo que implica: pensar por nosotros mismos, cuestionar lo establecido y comprometernos con un proyecto que vaya más allá de la alternancia entre partidos. Porque, en última instancia, la Libertad Política no es algo que se conceda desde el poder. Es algo que se conquista y se sostiene desde la ciudadanía.
El hijo del hombre de René Magritte.
domingo, 26 de abril de 2026
viernes, 24 de abril de 2026
LA LEGITIMACIÓN SIN REPRESENTACIÓN
En una democracia formal, la legitimidad del poder procede del control
efectivo de los gobernados sobre quienes gobiernan. Elegir, controlar y
deponer no son actos simbólicos, sino facultades reales que obligan al
poder a responder ante la sociedad. En el Estado de Partidos, esta
relación se invierte: el poder no depende de los ciudadanos, pero
necesita presentarse como si dependiera de ellos.
La legitimación
sustituye así a la representación. Allí donde el ciudadano no puede
elegir personas concretas ni controlar su conducta política, se le
ofrece la posibilidad de ratificar periódicamente un orden ya
constituido. El acto de votar deja de ser un medio de decisión y se
convierte en un ritual de confirmación.
Este mecanismo tiene una
consecuencia decisiva: el desacuerdo social no se traduce en cambio
político. La frustración se acumula, pero no encuentra cauces
institucionales para expresarse. El consenso entre partidos bloquea
cualquier posibilidad de transformación del orden político desde dentro,
al tiempo que se presenta como garantía de estabilidad y
responsabilidad.
La legitimación periódica cumple además una función
psicológica y moral. Permite al ciudadano percibirse como partícipe de
un proceso político del que, en realidad, está excluido. Se genera una
sensación de implicación que neutraliza la protesta y desplaza el
malestar hacia el terreno de la queja privada o la desafección cínica.
En
este contexto, las votaciones periódicas no cumplen la función de
elegir gobernantes en sentido político, sino la de renovar la
legitimación del mismo orden. El ciudadano asiste, pero no decide. Se le
convoca, pero no se le reconoce poder constituyente ni poder de control
ni participación real.
La eficacia del régimen reside precisamente
en su apariencia democrática. Al existir campañas, urnas, recuentos y
alternancia, se refuerza la creencia de que el poder surge de la
sociedad. Pero esta apariencia oculta un hecho esencial: las reglas del
juego no pueden ser modificadas por los jugadores. El marco político
permanece intacto con independencia de los resultados.
Por esta
razón, la estabilidad del Estado de Partidos no se basa en el consenso
social real, sino en la imposibilidad institucional de que el disenso se
traduzca en poder político. La legitimación sustituye a la libertad
política, y la obediencia periódicamente refrendada neutraliza todo
intento de reforma desde la sociedad.
Comprender esta dinámica
permite explicar por qué el régimen puede mantenerse incluso en
contextos de profundo descontento social. Mientras el ciudadano confunda
votar con decidir y legitimación con representación, el poder seguirá
protegido frente a cualquier control democrático real.
jueves, 23 de abril de 2026
miércoles, 22 de abril de 2026
NO HAY NACIONALISMO INOCENTE
Nada hay más engañoso, ni más eficaz para desviar la atención de los verdaderos problemas políticos, que presentar el nacionalismo como una emanación natural de los pueblos, como si en él hablara la voz profunda de la historia y no, como en realidad sucede, la ambición circunstancial de las élites que buscan en la debilidad del Estado la ocasión propicia para rehacer, en su propio beneficio, el mapa del poder.
Porque si algo enseña la experiencia histórica, y la enseña con una claridad que sólo la ceguera ideológica puede negar, es que el nacionalismo no ha sido nunca un movimiento espontáneo de las masas, ni una necesidad vital de los pueblos, sino una construcción intelectual y política elaborada por minorías dirigentes que, incapaces de imponerse en el marco general del Estado, han encontrado en la invocación de una supuesta identidad nacional el instrumento más adecuado para legitimar sus aspiraciones de mando.
De ahí que el nacionalismo, lejos de ser la expresión de una conciencia colectiva preexistente, sea, por el contrario, el artificio mediante el cual se pretende crear esa conciencia, atribuyéndole después el carácter de fundamento originario. Se invierte así el orden de la realidad: lo que es producto se presenta como causa, y lo que es estrategia se disfraza de destino.
Y no es casual que este fenómeno aparezca, con insistente regularidad, en los momentos de crisis del Estado. Cuando el poder político pierde su capacidad de integración, cuando deja de ofrecer a los ciudadanos un marco estable de convivencia y de representación, surge el nacionalismo como respuesta sustitutiva, no para resolver esa crisis, sino para explotarla. Allí donde el Estado no logra articular la unidad política, el nacionalismo introduce la división como principio de acción.
Pero el error más grave, y el más extendido, consiste en confundir la intensidad de los sentimientos con la legitimidad de sus consecuencias políticas. Que existan afectos, lenguas, tradiciones o memorias diferenciadas no implica, en modo alguno, la necesidad de convertir esas diferencias en fronteras políticas. Sólo una concepción profundamente errónea de la nación puede llevar a identificar la riqueza de lo plural con la exigencia de la separación.
En realidad, el nacionalismo no defiende la diversidad; la utiliza. No protege las diferencias; las instrumentaliza. Y lo hace subordinándolas a una idea previa de identidad que, para afirmarse, necesita excluir todo aquello que no encaje en su definición. Por eso su lógica interna es necesariamente reductora: simplifica lo complejo, uniformiza lo diverso y transforma en antagonismo lo que en la vida social es mera coexistencia.
Ahora bien, sería un grave error limitar este análisis a los llamados nacionalismos periféricos, como si el problema residiera únicamente en quienes se oponen al Estado desde posiciones separatistas o autonomistas. Existe también, y no menos peligroso, un nacionalismo de Estado que, bajo la apariencia de neutralidad institucional, identifica la nación con el aparato de poder y convierte a éste en su intérprete exclusivo.
Ambas formas de nacionalismo —la que combate al Estado y la que se confunde con él— participan de una misma falsificación: la de suponer que la nación es una realidad disponible para la acción política, algo que puede ser redefinido, ampliado, fragmentado o reconstruido según las necesidades del poder. Y, sin embargo, la nación, en cuanto hecho de existencia histórica, es radicalmente ajena a esas operaciones.
La nación no es un proyecto, ni un programa, ni una idea que deba realizarse. No es algo que pueda decidirse, ni negociarse, ni someterse a votación. Es, simplemente, aquello en lo que se nace, se vive y se muere; una realidad previa a toda voluntad política, que no depende ni de la libertad de los individuos ni de la del Estado para afirmarse o desaparecer.
Precisamente por eso, porque la nación no es objeto de la libertad, sino su condición, resulta tan profundamente perturbador el intento de someterla a las decisiones del poder político. Cuando el Estado se arroga la facultad de modificar la base nacional sobre la que se asienta, deja de ser un instrumento de organización para convertirse en un agente de desintegración.
Y esto es lo que sucede cuando, bajo la apariencia de libertad, se concede al poder político un amplio margen para intervenir sobre la propia realidad nacional —alterando su equilibrio histórico y territorial— mientras se priva a los ciudadanos de la única libertad capaz de limitar ese poder: la de elegir y controlar directamente a sus gobernantes. De este modo, el Estado adquiere una peligrosa autonomía frente a la nación, pero no queda verdaderamente sometido a la voluntad de los ciudadanos.
En este contexto, el nacionalismo aparece no como la causa, sino como el síntoma de una patología más profunda: la ausencia de libertad política. Allí donde los ciudadanos carecen de los medios efectivos para controlar el poder, las ideologías identitarias encuentran un terreno fértil para su expansión, ofreciendo una falsa solución a un problema real.
Pero esa solución es ilusoria. El nacionalismo no corrige las deficiencias del Estado; las agrava. No restablece la unidad política; la fragmenta. No amplía la libertad; la restringe. Y, sobre todo, no sustituye la falta de representación por una forma superior de participación, sino por una nueva forma de subordinación, esta vez en nombre de la identidad.
Por ello, la oposición entre nacionalismo y Estado es, en última instancia, una falsa oposición. Ambos pueden coincidir, y de hecho coinciden, en un mismo resultado: la subordinación de la sociedad a un poder que se legitima a sí mismo, ya sea en nombre de la unidad o de la diferencia. Lo que se enfrenta, en realidad, no son dos concepciones de la nación, sino dos formas de apropiación política de una realidad que ninguna de ellas ha creado.
La verdadera alternativa no consiste, por tanto, en elegir entre uno u otro nacionalismo, ni en reforzar el Estado frente a ellos, sino en transformar radicalmente el régimen político que hace posible su existencia. Sólo allí donde el poder esté efectivamente sometido al control de los ciudadanos, donde la representación sea real y no ficticia, donde la libertad política deje de ser una apariencia para convertirse en una facultad efectiva, podrá neutralizarse la permanente tentación de convertir la nación en instrumento de dominación.
Porque, en definitiva, el nacionalismo no prospera por la fuerza de sus ideas, sino por la debilidad de las instituciones que deberían hacerlas innecesarias. Y mientras esa debilidad persista, seguiremos asistiendo, bajo formas cambiantes, al mismo espectáculo: el de una nación utilizada por el poder contra los ciudadanos, y de unos ciudadanos privados del poder necesario para impedirlo.
Study after Velázquez's Portrait of Pope Innocent X — Francis Bacon
martes, 21 de abril de 2026
lunes, 20 de abril de 2026
LA ILUSIÓN DE DEMOCRACIA EN LOS ESTADOS DE PARTIDOS
En muchas sociedades modernas existe una sensación extendida de vivir en democracia, como si la libertad política fuera un hecho asegurado. Sin embargo, esa percepción es sólo una apariencia. Los pueblos suelen aferrarse a aquello que les da cierta tranquilidad, aunque sea falso, y rara vez desean un cambio real cuando creen que ya lo poseen. Por eso, sólo los grandes acontecimientos o crisis profundas sacan a la luz las verdaderas causas del malestar político.
Mantener la vieja división entre derecha e izquierda como si aún tuviera poder para transformar la vida pública es la trampa oligárquica que mantiene a la sociedad castrada. Cuando los partidos se integran en el Estado y pasan a depender de él, esa diferencia pierde su sentido original. Todos terminan conservando el mismo tipo de poder y protegiendo su posición dentro del régimen. Lo que antes distinguía unas ideologías de otras queda reducido a etiquetas que ya no describen la realidad política, aunque sigan presentes en la vida social.
Este fenómeno no es nuevo. A finales del siglo XX hubo momentos decisivos que lo hicieron visible. Las revueltas estudiantiles del 68 o la propia Transición española mostraron que los partidos, pese a sus discursos opuestos, actuaban como un bloque unido cuando se trataba de mantener intacto el orden que los sostenía. En ambos casos, el temor a la inestabilidad fue utilizado para desactivar cualquier impulso de cambio profundo y para consolidar un régimen donde las élites políticas quedaran protegidas y reforzadas.
A ello se suma el mito de la unidad, que se presenta como una condición necesaria para alcanzar la libertad. Se proclama que “la unión hace la fuerza”, pero esta idea puede convertirse en un dogma que obliga a renunciar a principios fundamentales del pluralismo político. La auténtica unidad sólo puede surgir de un acto libre de constitución, no de la presión interna ni del miedo. Salvo en situaciones de guerra, ningún movimiento de liberación ha producido por sí mismo una unidad política real, porque la libertad no nace de imponer unanimidad, sino de garantizar la diversidad.
El mito más poderoso, sin embargo, es el de la soberanía popular. Se invoca el nombre del pueblo como si fuera una autoridad absoluta que legitima todo. Pero cuando esta idea se usa desde estructuras de poder cerradas, el pueblo se convierte en una simple excusa. Los Estados de Partidos emplean esa soberanía como un disfraz: hacen creer que representan la voluntad general, cuando en realidad identifican su propio interés con el del conjunto de la sociedad. Así, la falsa democracia no es un sistema basado en la representación de los ciudadanos, es una careta que oculta la concentración del poder.
Es letal confundir la estabilidad política con la libertad, las etiquetas ideológicas con auténticas alternativas y la retórica democrática con democracia verdadera. Reconocer esta diferencia es el primer paso para alcanzar la libertad política, aquella que sólo puede existir cuando existe representación política y separación de poderes.
El triunfo de la muerte de Pieter Bruegel el Viejo.
viernes, 17 de abril de 2026
jueves, 16 de abril de 2026
LA MANIPULACIÓN DEL LEGUAJE. UNA BARRERA DE LA CONCIENCIA.
En la España de la partidocracia se ha instalado la mentira para ocultar la ausencia de Libertad que sufrimos desde hace décadas. Del mismo modo y con los mismos argumentos irracionales que durante la dictadura se le decía a la Nación española que disfrutaba de una Democracia Orgánica, se le dice hoy que en 1978 España se dotó de una Constitución y se decidió la Democracia como forma de gobierno.
Basta observar y reflexionar sobre estos conceptos para descubrir la mentira y pese a ello la sociedad recibe constantemente el machacante golpe de la propaganda estatal que convierte la mentira en “la verdad oficial”. Todo un mecanismo de manipulación del lenguaje está en marcha para enmarañar las mentes de tal modo que resulte imposible discernir las cuestiones más elementales. Lo que el escritor George Orwell denominó “La Neolengua” en su novela 1984, término que hoy se utiliza para señalar un lenguaje político mediático destinado a impedir la capacidad de concebir ciertas ideas. Se trata de transformar las palabras y la gramática con el objetivo de impedir todo pensamiento subversivo.
Si el pensamiento requiere de las palabras y las que utilizamos determinan nuestro pensamiento, es evidente que un lenguaje pobre generará, necesariamente, un pensamiento pobre y por consiguiente la imposibilidad de contestación. El totalitarismo moderno no busca la dominación de los cuerpos por la fuerza, sino la dominación de las conciencias. Dominadas éstas, el individuo puede obrar “libremente” pues solamente podrá pensar aquello que se le ha inculcado. No hay necesidad de represión física cuando no existe contestación. La manipulación de las conciencias es el arma más poderosa del totalitarismo. Una amenaza física no puede ser ignorada, una pistola apuntándote es un mensaje claro, en cambio la manipulación mental efectiva es casi imposible de detectar. El individuo manipulado, por definición, no sabe que lo está. Solo después de salir de una manipulación el individuo es capaz de reconocer que ha sido manipulado. La información, la ideología, la propaganda, todo obra a la conformación del pensamiento, es el arma perfecta. Una vez que una idea es aceptada no hay necesidad de imponerla, es el individuo el que se la impone.
Creer que se es libre, sin serlo, supone defender el status quo creyendo que la idea viene de nuestro interior y no de un condicionamiento exterior. La fuerza de la propaganda reside en el hecho de creerse dueño de nuestro pensamiento sin ver que en otro contexto ideológico nuestro pensamiento no sería el mismo. “Pensar por uno mismo” es algo tantas veces repetido que nos resulta extraño siquiera cuestionarlo. Pero ¿qué es pensar por si mismo? Acaso no se piensa a partir de una base de conocimiento y experiencia, base que solo puede ser expresada por medio del lenguaje. El lenguaje es la estructura del pensamiento, la materia misma del pensamiento. Tal y como describe Wittgenstein “Los límites de nuestra lengua son los límites de nuestro mundo”
El objetivo pues, es la manipulación del lenguaje con el objetivo de manipular el pensamiento. La manipulación de hechos históricos es el medio más eficaz de inculcar en el pensamiento la ideología que mejor sirva a los intereses del poder. Si se habla de Transición en lugar de reforma, Democracia en lugar de Estado de Partidos y Libertad en lugar de Servidumbre se sirve al interés del poder. Solo mediante el conocimiento de la verdad de los hechos se llega a la conclusión que ir contra la verdad es ir contra la Libertad (Verdad=Libertad). En el Estado totalitario moderno la represión ha dejado de ser física para pasar a ser represión del pensamiento. Estado totalitario es aquel que va a impedir la posibilidad misma de la acción subversiva, de la concepción misma de la idea de subversión. El delito de opinión no es más que la dulcificación de la idea del delito de pensamiento. El terrorismo intelectual es el conjunto de mecanismos que en primer lugar trata de impedir ciertas ideas y que seguidamente trata de impedir siquiera la concepción de esas ideas. Es sencillo criminalizar el pensamiento, basta con criminalizar la expresión del mismo y la sociedad se encargará del resto.
Cualquiera que posea una conciencia que funcione no puede negar un hecho objetivo, ocultarlo o disfrazarlo es mentir intencionadamente. Para evitar siquiera que ese conflicto personal suceda, que el individuo pueda llegar a percibir que miente o que vive en la mentira, se manipula el lenguaje para que no pueda haber diferencia apreciable entre verdad y mentira. Transformar el lenguaje hasta el punto de impedir la expresión misma de lo que es verdad o mentira, impedir, en definitiva, cualquier oposición al poder. No solo se trata de manipular la información y los hechos, se trata de manipular el pensamiento mismo. Nada mejor por tanto que manipular las palabras que permiten ese pensamiento.
La manipulación del lenguaje funciona bajo dos principios, la reducción y la disonancia.
La reducción es la supresión de ciertas palabras que se juzgan inútiles. Un empobrecimiento del lenguaje conlleva inevitablemente un empobrecimiento del pensamiento. Nuestras ideas dependen de las palabras, menos herramientas para pensar, menos posibilidades de desarrollar un pensamiento complejo, menos capacidad para definir y mostrar conceptos.
Un español utiliza de media 5000 palabras, un pequeño porcentaje del léxico disponible, pero para una información estrictamente práctica 300 palabras son suficientes. A menos palabras disponibles menor capacidad de abstracción y sin abstracción es imposible pensar el mundo que nos rodea más allá de la simple designación de objetos. El concepto “poder político” requiere una capacidad de abstracción ya que no halamos de una entidad física, como el “Estado” o la misma “Libertad”. Sin embargo, estos conceptos son imprescindibles para poder pensar nuestra condición.
A menos palabras a disposición, más tranquilo está el poder. Creer que el poder va a favorecer el elitismo intelectual o escolar es ignorar los mecanismos reales de la dominación. La desculturización es el principal de esos mecanismos. Empobrecer el lenguaje es empobrecer el espíritu crítico, es fomentar un lenguaje incapaz de designar ciertas realidades. Para ver que el empobrecimiento del lenguaje es un problema hay que disponer del lenguaje que permita ver por qué es un problema. Una trampa perfecta.
Aquel que carece de los útiles par ver su propia dominación no puede concebir la idea misma de dominación, quien no sabe que no es libre no puede pensar en su servidumbre. Sin las herramientas del lenguaje los individuos carecen de la capacidad de oponerse al poder. ¿cómo oponerse a algo que no se sabe que existe?
Empobrecer el lenguaje es matar en la conciencia de los hombres, el pensamiento que podría hacer nacer en su interior su deseo de ser libres. No hay deseo de libertad sin conciencia de nuestra servidumbre y no puede haber conciencia de la servidumbre sin las palabras para explicarla. ¿Cómo luchar por la Libertad cuando no se sabe lo que la palabra Libertad quiere decir?
El Imperio de las Luces — René Magritte
miércoles, 15 de abril de 2026
martes, 14 de abril de 2026
IGUALDAD
La confusión que existe en España, en lo que respecta a la forma de organización política de la sociedad, impide que una gran mayoría de los españoles comprenda su situación. Una sociedad muerta, en términos políticos, que no hace nada para entender las causas de los males y abusos que padece -pese a ser algo que está a la vista de cualquiera- y que se limita a la rabieta infantil ante las leyes que se le imponen, cuando no al cacareo de consignas ideológicas que ha visto o leído en los medios propagandísticos del Estado.
Basta acudir al rito de la urna sin Democracia, para durante cinco minutos, creerse capaz de ser ciudadano activo e incluso salvador de España. Suficiente, eso es todo lo que están dispuestos a hacer. Así lavan sus conciencias y así perpetúan sus males. De ese modo se ciñen el yugo creyendo que eligen algo o a alguien. Y dentro de cuatro años, otra vez, pues de todos es sabido que, si se hace siempre lo mismo, el resultado cambia. Y tras 45 años, todo sigue igual.
Los españoles que votan han conseguido, sin saberlo, la igualdad. No la igualdad ante la ley ni la igualdad de oportunidades, sino la igualdad de todos los gobernados, pues del mismo modo que en una verdadera Democracia todos los gobernados son iguales porque lo son TODO, en el Estado de Partidos todos son iguales porque no son NADA.
Iguales en la servidumbre y la falta de Libertad, iguales en la falta de control del poder e igualmente indefensos sin una Constitución que garantice sus derechos. Qué maravilla de igualdad para aquellos que no son iguales, para aquellos que mantienen el poder “atado y bien atado”. Qué fácil gobernar al pueblo español que desea seguir ignorante y servil no importando los desprecios que reciba ni las humillaciones que soporte, “que me roben los míos”. Qué importa, si ya somos todos iguales, pues ya todos somos LA NADA.
lunes, 13 de abril de 2026
domingo, 12 de abril de 2026
EL ENEMIGO
A los repúblicos se nos tacha de utópicos o de estúpidos por pretender cambiar el régimen monárquico por una República Constitucional. Quien así lo hace, no comprende que nosotros sabemos muy bien, que la denuncia de la ilegitimidad democrática de esta Constitución, no puede cambiar este régimen por si misma.
Nuestro objetivo, nuestro verdadero enemigo, no es el orden político establecido. El enemigo es la mentira. La ilusa opinión ideológica que afirma que este orden político es democrático.
Creer que pueda haber alguna posibilidad de tocar siquiera ese orden, sin vencer primero la mentira que lo sostiene y protege, es de una ingenuidad temeraria.
Esa mentira ilusoria, que es hoy hegemónica, y que está firmemente arraigada en el pensamiento común, no es otra que la creencia de que se vive en democracia. Ahí es donde está la lucha y el empeño de los repúblicos. Una lucha sin ruido ni estridencias, con la paciencia y la prudencia propias de la acción política inteligente, hasta que llegue el momento de que la hegemonía cultural de la Libertad-Política sea una realidad. Con la ilusión realista de la democracia formal de la República Constitucional.
“No hay nadie más odiado que aquel que dice la verdad” como expresó Platón. Y poco nos importa eso a los que nos mueve la pasión por la Libertad. Nadar a contracorriente nunca ha sido fácil, pero el ideal que perseguimos, nos impulsa con fuerza acompañados por la alegría de saberse portadores de la clave para humanizar al Estado. Perseguimos la mentira impávidos ante la incomprensión y el rechazo.
Romper la ilusión dañina que crea la propaganda con el fin de alienar las conciencias, hasta que alcancen el éxtasis en su propia dominación, es nuestro cometido. Si no se saca a la sociedad del actual infantilismo político que la domina y de su confortable ilusión, no hay ninguna posibilidad de progreso. De nada sirven las manifestaciones públicas y las marchas multitudinarias si no se alcanza antes un punto en el que se tache de ignorante y mentiroso a todo aquel que llame democrática a la Constitución del Estado de Partidos.
Llamar a las cosas por su verdadero nombre cambia la realidad de lo que se vive y se inicia un proceso ilusionante y realista por alcanzar lo que no se posee. No existe mayor prueba de la potencia de la acción de decir la verdad, que la represión que sobre el que la ejerce se aplica.
Bien saben lo peligrosos que somos para sus intereses y es cierto que nos consideran los únicos enemigos del Estado. Permitirán las manifestaciones contra el orden estatal y social pues la mentira les protege y no ven amenaza alguna en ellas, pues es cierto que no la hay. Dejar que se agoten y que se extinga, con el tiempo, la indignación que mueve al activismo y que regresen a la ilusión tranquilizadora. Que pierdan toda esperanza y cierren para siempre la entrada a las ideas de Libertad por actuar sin la prudencia que la titánica tarea de derrocar la mentira requiere. Activismo insensato tan enemigo de los repúblicos como lo es la mentira. Insensatez, sorda a toda advertencia, que dificulta aún más la labor de los repúblicos. Movimientos vacíos de verdadera acción. Niebla para cubrir la mentira y enmascararla aún más.
La acción ahora es, y no puede ser otra, que la de arrebatar de las conciencias la ilusión ideológica de vivir en democracia volviéndola insoportable, cosa que sólo se consigue con la verdad en el lenguaje y en los actos. Se debe sustituir por una nueva ilusión realista de alcanzar la Libertad-Política Colectiva que rompa la servidumbre voluntaria actual y que conduzca a la Democracia de la República Constitucional.
VERDAD=LIBERTAD
sábado, 11 de abril de 2026
viernes, 10 de abril de 2026
CONSTITUCIÓN, LA REALIDAD.
Cuando existe un dictador o un monarca absolutos no hay necesidad de constituir el poder, este tipo de régimen goza de la soberanía única e indivisible, que separa en diferentes funciones. No hay control alguno a este tipo de poder. Quien tiene el control tiene la soberanía.
La revolución inglesa dividió la soberanía quitándole a los reyes la facultad de legislar dándosela a un parlamento elegido por el pueblo. La revolución francesa erradico la monarquía y reunió de nuevo todos los poderes en la Convención de diputados, dando a unos pocos, todo el poder que tuvieron los reyes. La revolución americana dividió y separó los poderes y los compuso en una Constitución para que no se reuniesen de nuevo, inventando así la democracia representativa.
En la “Transición” se substituyó el poder del Monarca por el de un grupo de partidos y la “Constitución” elaborada por ellos, no impide que todo el control esté en esos partidos estatales. Por tanto, no constituye el poder, éste sigue reunido en el Estado. Una unidad de poder.
El sistema constitucional está bajo el mando del sistema político y no al revés. La prueba está en lo que el primero dice y lo que la realidad nos muestra.
Dice la “Constitución” (art 1) La forma de Estado es parlamentaria. La realidad es que el Estado no es parlamentario sino de partidos. (art 6) Los partidos políticos deben respeto a la Constitución y ser democráticos en su estructura y en su funcionamiento. La realidad es que los partidos no son democráticos en su estructura, ni en su funcionamiento, ni respetan la constitución. (art 56) El Rey modera el funcionamiento regular de las instituciones. La realidad es que el Rey no modera el funcionamiento irregular de las Cortes. (art 67) Los miembros de las Cortes no estarán sujetos al mandato imperativo. La realidad es que los diputados están ligados por mandato imperativo del partido al que pertenecen. (art 68) La elección se hará con criterios de representación proporcional y son elegibles todos los españoles. La realidad es que, en las elecciones, que no son proporcionales a los votos, se elige al Presidente del Gobierno y sólo son elegibles los españoles que figuren en las listas de partido. (art 99) El Rey, previa consulta con los grupos políticos parlamentarios, propondrá el candidato a la Presidencia del Gobierno, y el Congreso de diputados le otorgará por mayoría su confianza, para que el Rey lo nombre. La realidad es que la confianza parlamentaria y el nombramiento del Presidente son obligaciones de procedimiento de los diputados y del Rey.
El poder, como vemos, sigue sin control. Tal y como lo estaba en la dictadura. Soberanía única e indivisible. La continuidad de la Reforma, es decir, el seguir sin libertad política para controlar el poder, fue lo que quedó “atado y bien atado”. Una ruptura democrática desde la sociedad civil suponía un cambio sustancial en la naturaleza del poder político. Para evitar tal cambio bastó meter a los partidos en el seno del estado y oligarquizar la dictadura. Arrumbado quedó el proyecto democrático basado en la libertad política, a la espera de nuevas conciencias que lo impulsen y lo hagan realidad, que pongan así al poder bajo control, con una verdadera Constitución que separe los poderes y ponga el sistema político bajo el mando del sistema Constitucional.
Saturno devorando a su hijo de Francisco de Goya.














