martes, 17 de febrero de 2026

El Estado de partidos y la ausencia de la libertad política

 

La política en Europa se desenvuelve dentro de un marco dominado por los llamados Estados de partidos. En este sistema, las organizaciones partidistas se disputan el control del poder estatal mientras se desacreditan mutuamente cuando no gobiernan, pese a compartir un mismo origen y una misma lógica: la ausencia de un control real del poder por parte de los gobernados. Esta situación genera una dinámica de irresponsabilidad estructural, en la que el consenso entre partidos (facciones estatales) se mantiene con la ayuda de un disenso electoral limitado, más aparente que efectivo, centrado en cuestiones personales o secundarias, pero no en principios fundamentales.

Las campañas electorales (sin elección alguna), en este contexto, tienden a repetirse sin introducir cambios sustanciales. La verdadera novedad —la sinceridad institucional y la libertad política— rompería ese consenso artificial. Una república auténticamente libre exigiría que los partidos dejaran de formar parte del Estado y se integraran en la sociedad civil, diferenciándola claramente tanto del ámbito económico como de una idea homogénea de comunidad nacional.

Históricamente, los conceptos de unidad y pluralidad surgieron ligados a la reflexión sobre la soberanía. Durante siglos, la soberanía fue entendida como una necesidad para evitar el conflicto permanente entre los individuos, ya fuera mediante la sumisión a un soberano o a través de un contrato social que convertía al pueblo en sujeto soberano. Sin embargo, el fracaso de este modelo, simbolizado por la Revolución francesa, dio paso a una pluralidad de ideologías que buscaron soluciones alternativas: el liberalismo confió en el mercado, el anarquismo en la cooperación sin Estado, el marxismo en la igualdad económica, y diversas corrientes filosóficas en la crítica del lenguaje, la verdad y el conocimiento político.

Tras las grandes catástrofes del siglo XX , muchas de estas construcciones filosóficas e ideológicas quedaron profundamente cuestionadas. En la reconstrucción de Europa, se reutilizaron elementos humanos e ideológicos procedentes tanto de los regímenes totalitarios derrotados como de las fuerzas que habían luchado contra ellos. Así se consolidó el Estado de partidos como forma política dominante.

Sin embargo, este sistema presenta un problema esencial: no representa verdaderamente a la sociedad, sino a una clase política (estatal) y mediática organizada como una oligarquía. Además, al no existir una separación efectiva de poderes que permita su control mutuo, la corrupción deja de ser una anomalía para convertirse en un mecanismo habitual de gobierno. En estas condiciones, el sistema no puede considerarse ni verdadero, ni honesto, ni libre.

Frente a esta realidad, surge la necesidad de un nuevo concepto de unidad política que no se base en la fuerza, el consenso impuesto o la suma de intereses partidistas. Esta unidad solo puede construirse a partir de la identidad entre verdad política y libertad colectiva. La experiencia europea demuestra que pueden existir amplias libertades públicas sin que exista una verdadera libertad política, entendida como capacidad de la sociedad para decidir y controlar su forma de gobierno.

La conquista de esa libertad no requiere estructuras jerárquicas ni luchas internas por el poder. Al contrario, exige un movimiento ciudadano basado en la responsabilidad individual, ajeno a la hipocresía moral y al cinismo que justifican el dominio de los partidos por el mero hecho de ser la realidad existente. La fuerza de este movimiento no residiría en la imposición, sino en la difusión constante y pacífica de una idea simple y exigente: no hay libertad sin verdad, ni verdad política sin libertad.

La persistencia del Estado de partidos se explica, en parte, por la aceptación colectiva de transiciones políticas que mezclaron a antiguos defensores de dictaduras con opositores democráticos, celebradas como triunfos comunes. Esta aceptación no fue tanto una traición consciente como el resultado de un cansancio profundo, de la pérdida de fe en los ideales republicanos y de la frustración de expectativas de reconocimiento y poder. Así, la falta de control del poder, que era característica de la dictadura, se mantuvo bajo una nueva forma.

Superar esta situación requiere algo más que alternancia electoral o reformas superficiales. Exige una ruptura democrática que permita fundar un orden político en el que la libertad colectiva sea real, el poder esté controlado y la verdad deje de ser un instrumento al servicio de las ambiciones partidistas. Solo entonces la política podrá recuperar su sentido como expresión auténtica de la sociedad y no como patrimonio exclusivo de quienes la prohíben.

El hombre que camina – Alberto Giacometti

 

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