En ausencia de Libertad Política, el poder no puede sostenerse
únicamente por la fuerza o por la legalidad. Necesita un mecanismo que
sustituya a la política real y que permita organizar el consentimiento
sin control ciudadano. Ese mecanismo es la propaganda.
La propaganda
no debe entenderse aquí como una acumulación burda de mentiras o
consignas groseras. En los regímenes contemporáneos, su función es más
sutil y más eficaz: estructurar el campo de lo pensable, delimitar los
términos del debate y fijar los marcos morales dentro de los cuales la
política puede ser discutida sin poner en cuestión el orden político.
En
el Estado de Partidos, la propaganda sustituye a la deliberación
política. No se discuten las reglas del juego, sino sus resultados
aparentes. El ciudadano es invitado a elegir entre relatos, no a decidir
sobre el poder. La aparente pluralidad ideológica encubre una unidad
estructural que permanece fuera de discusión: al estar excluida la
política por el consenso oligárquico, todas las facciones estatales
actúan como conservadoras del orden existente.
Uno de los rasgos
característicos de esta propaganda es su carácter moralizante. El
lenguaje político se llena de apelaciones éticas: progreso,
responsabilidad, solidaridad, democracia, derechos. Estas palabras no
describen realidades políticas concretas, sino que funcionan como marcadores de pertenencia y como instrumentos de legitimación del régimen.
La
propaganda cumple así una doble función. Por un lado, presenta el orden
existente como el único posible o razonable. Por otro, descalifica
cualquier cuestionamiento radical como extremismo, irresponsabilidad o
amenaza al consenso. El debate se mantiene vivo en la superficie para
evitar que se vuelva peligroso en profundidad.
Los medios de
comunicación desempeñan un papel central en este proceso. No actúan como
contrapoder político, sino como amplificadores del marco impuesto por
el régimen. La crítica permitida es siempre interna: se censuran abusos
concretos, estilos o excesos, pero nunca la estructura que los produce.
La
propaganda no impone silencio; produce saturación. El exceso de
información, opinión y polémica genera una sensación de participación
que sustituye al poder real. El ciudadano se expresa constantemente,
pero esa expresión no tiene traducción política.
La palabra ocupa el lugar de la acción.
Este
mecanismo explica por qué el régimen puede tolerar e incluso fomentar
una intensa confrontación discursiva. La polarización ideológica no
amenaza al Estado de Partidos; lo refuerza. Divide a la sociedad en bandos enfrentados que compiten dentro de un marco común que nadie controla.
La
propaganda alcanza su máxima eficacia cuando deja de percibirse como
tal. Cuando el ciudadano cree que piensa libremente lo que en realidad
ha sido delimitado como pensable, el control del poder se vuelve
innecesario. La adhesión sustituye a la obediencia. La libertad de
expresión resulta irrelevante cuando no existe libertad de pensamiento.
Comprender
la función de la propaganda es indispensable para recuperar la
política. No se trata de oponer verdad a mentira, sino libertad política
a persuasión sin control.
Mientras el ciudadano confunda
información con conocimiento y opinión con poder, la propaganda seguirá
ocupando el lugar de la política que no existe.
Cabeza mecánica (El espíritu de nuestra época). Raoul Hausmann

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