martes, 2 de junio de 2026

LA PROPAGANDA COMO SUSTITUTO DE LA POLÍTICA

 En ausencia de Libertad Política, el poder no puede sostenerse únicamente por la fuerza o por la legalidad. Necesita un mecanismo que sustituya a la política real y que permita organizar el consentimiento sin control ciudadano. Ese mecanismo es la propaganda.
La propaganda no debe entenderse aquí como una acumulación burda de mentiras o consignas groseras. En los regímenes contemporáneos, su función es más sutil y más eficaz: estructurar el campo de lo pensable, delimitar los términos del debate y fijar los marcos morales dentro de los cuales la política puede ser discutida sin poner en cuestión el orden político.
En el Estado de Partidos, la propaganda sustituye a la deliberación política. No se discuten las reglas del juego, sino sus resultados aparentes. El ciudadano es invitado a elegir entre relatos, no a decidir sobre el poder. La aparente pluralidad ideológica encubre una unidad estructural que permanece fuera de discusión: al estar excluida la política por el consenso oligárquico, todas las facciones estatales actúan como conservadoras del orden existente.
Uno de los rasgos característicos de esta propaganda es su carácter moralizante. El lenguaje político se llena de apelaciones éticas: progreso, responsabilidad, solidaridad, democracia, derechos. Estas palabras no describen realidades políticas concretas, sino 
que funcionan como marcadores de pertenencia y como instrumentos de legitimación del régimen.
La propaganda cumple así una doble función. Por un lado, presenta el orden existente como el único posible o razonable. Por otro, descalifica cualquier cuestionamiento radical como extremismo, irresponsabilidad o amenaza al consenso. El debate se mantiene vivo en la superficie para evitar que se vuelva peligroso en profundidad.
Los medios de comunicación desempeñan un papel central en este proceso. No actúan como contrapoder político, sino como amplificadores del marco impuesto por el régimen. La crítica permitida es siempre interna: se censuran abusos concretos, estilos o excesos, pero nunca la estructura que los produce.
La propaganda no impone silencio; produce saturación. El exceso de información, opinión y polémica genera una sensación de participación que sustituye al poder real. El ciudadano se expresa constantemente, pero esa expresión no tiene traducción política.
La palabra ocupa el lugar de la acción.
Este mecanismo explica por qué el régimen puede tolerar e incluso fomentar una intensa confrontación discursiva. La polarización ideológica no amenaza al Estado de Partidos; lo refuerza. Divide a la sociedad en bandos enfrentados que compiten dentro de un marco común que nadie controla.
La propaganda alcanza su máxima eficacia cuando deja de percibirse como tal. Cuando el ciudadano cree que piensa libremente lo que en realidad ha sido delimitado como pensable, el control del poder se vuelve innecesario. La adhesión sustituye a la obediencia. La libertad de expresión resulta irrelevante cuando no existe libertad de pensamiento.
Comprender la función de la propaganda es indispensable para recuperar la política. No se trata de oponer verdad a mentira, sino libertad política a persuasión sin control.
Mientras el ciudadano confunda información con conocimiento y opinión con poder, la propaganda seguirá ocupando el lugar de la política que no existe. 

Cabeza mecánica (El espíritu de nuestra época). Raoul Hausmann


 

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