La verdad política no es una verdad moral, ni jurídica, ni científica.
No consiste en determinar qué es justo, legal o eficiente, sino en
identificar con precisión quién ejerce el poder, cómo se constituye y a
quién responde. Sin este reconocimiento, toda acción colectiva se mueve
en un terreno ilusorio.
En los regímenes sin libertad política, la
verdad sobre el poder es sustituida por relatos legitimadores. Estos
relatos no siempre son falsos en sentido estricto; a menudo mezclan
hechos reales con interpretaciones interesadas. Su función no es
describir la realidad, sino hacerla aceptable.
La dificultad para
acceder a la verdad política no reside en la censura directa, sino en la
saturación discursiva y la confusión conceptual. Cuando los términos
fundamentales — democracia, representación, soberanía, participación— se
emplean de manera equívoca, la realidad política se vuelve
irreconocible incluso cuando está a la vista.
Por esta razón, la
primera ruptura necesaria no es institucional, sino intelectual. Antes
de cambiar el orden político, la sociedad solo puede abandonar las
ficciones que lo legitiman. Este abandono no es un acto de rebeldía
caprichosa, sino de lucidez política.
Reconocer la verdad política
implica aceptar un hecho incómodo: que el régimen vigente no es una
democracia formal y que la sociedad carece de libertad política.
Mientras
este reconocimiento no se produzca, cualquier intento de reforma
quedará atrapado dentro de los límites del propio régimen.
La verdad política no se impone por decreto ni se difunde mediante propaganda inversa.
Surge
cuando una masa crítica de ciudadanos deja de aceptar explicaciones
tranquilizadoras y empieza a pensar políticamente por sí misma. Este
proceso es necesariamente lento y conflictivo individualmente.
La
resistencia a la verdad política no proviene solo del poder constituido.
También surge del miedo social a las consecuencias de reconocerla.
Admitir la ausencia de libertad política implica asumir una
responsabilidad histórica que muchos prefieren evitar.
Sin
embargo, toda acción política auténtica comienza por este punto. No por
la movilización, ni por la protesta, ni por la reforma legal, sino por
el reconocimiento compartido de la realidad del poder. La verdad
política abre el camino de la libertad.
Conocerla es empezar a desearla.
Extracto del libro La Minoría Consciente. https://archive.org/details/la-minori-a-consciente
La alegoría de la caverna.

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