jueves, 19 de febrero de 2026

Pensar requiere valor, pero requiere todavía más, decidirse a expresar el pensamiento propio.

 

Nunca he tenido plena certeza de si debo escribir, publicar o incluso alzar la voz. La condición humana, tan mutable como contradictoria, me ha hecho dudar una y otra vez del valor de compartir mis pensamientos. Me cuestiono si vale la pena dedicar tiempo, estudio y esfuerzo a ofrecer reflexión y provecho cuando, con demasiada frecuencia, el resultado es la burla, la indiferencia o el desprecio. Vivimos rodeados de espíritus caprichosos, mentes endurecidas, juicios corrompidos y voluntades fluctuantes, que no solo desprecian el conocimiento, sino que además lo enfrentan con agresividad. Muchos se complacen únicamente en aquello que coincide con sus doctrinas, prejuicios o mediocridades, incapaces de reconocer mérito, belleza o verdad si estas contradicen su propia imagen del mundo.

He visto cómo el espíritu ligero celebra la superficialidad mientras rehúye el estudio como si fuese un castigo. Otros, en cambio, creen saborear el intelecto únicamente cuando se reviste de un lenguaje enmohecido, inaccesible y vetusto, como si lo antiguo fuese sinónimo de verdad y lo claro equivaliera a vulgaridad. Los hay también quienes convierten la crítica en un pasatiempo de taberna, juzgando con autoridad fingida lo que desconocen, seguros bajo la sombra del anonimato, sin responsabilidad ni consecuencia. Aquél que escribe, en cambio, se expone; pone el alma sobre la mesa, asume riesgos y se ofrece como blanco de quienes confunden la libertad de opinión con la impunidad de la injuria.

Sin embargo, mis dudas respecto a la publicación de mis reflexiones no nacen solo de la actitud de los lectores, sino también de la realidad política y moral de nuestro tiempo. En España se ha asumido el acto de votar como un ritual incuestionable, casi como una obligación emocional y no racional. El sistema de listas ha convertido el sufragio en una adhesión sentimental a estructuras partidistas, donde el votante no elige personas, sino siglas, dogmas y jefaturas perpetuas. La ilusión de participación política prevalece sobre la comprensión de las consecuencias. Se vota por inercia, por tradición, por pertenencia, por miedo, por imitación, por corrupción moral; nunca por juicio sereno o estudio informado.

Mis reflexiones buscan denunciar el espejismo en el que muchos viven: creer que introducir una papeleta en una urna garantiza libertad. No hay mayor engaño político que confundir votación con elección. La democracia no existe cuando el sufragio se reduce a entusiasmo identitario, liturgia social o excitación momentánea. Si el sistema perpetúa élites inamovibles y estructuras cerradas, entonces votar no transforma, sino que celebra la continuidad de lo mismo.

Por ello, sostengo que el verdadero desafío no es elegir entre partidos, sino recuperar la dignidad política del juicio personal. La abstención consciente, reflexiva y razonada no es dejación ni apatía, sino negación del fraude simbólico. Si la libertad colectiva no puede ejercerse mediante el voto, sino mediante instituciones verdaderamente representativas, debemos reconsiderar la idea misma de participación.

Nada, en efecto, es más valioso que la verdad y la libertad. Y si ambas requieren sacrificio, entonces la inacción, la indiferencia o el miedo no pueden ser opciones legítimas. La valentía no es patrimonio de héroes, sino deber moral de ciudadanos libres. Así como el Estado organiza el miedo mediante propaganda, dependencia y espectáculo político, la sociedad civil debe organizar el coraje a través del pensamiento crítico, la responsabilidad personal y la defensa de lo que todavía merece ser llamado dignidad.

Hoy escribo no para ser aplaudido, aceptado o celebrado, sino para asumir la responsabilidad de hablar, aun sabiendo que mis palabras puedan ser ignoradas. Si la verdad requiere portavoces, que al menos no le falten voluntarios; si la libertad exige acción, que no le sobren espectadores. Yo, por mi parte, elijo la palabra antes que el silencio, el discernimiento antes que la obediencia y la responsabilidad antes que el fervor colectivo. Y si finalmente decido publicar estas reflexiones, no será por la esperanza de ser entendido, sino por la obligación moral de no callar.


 

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