El Estado de Partidos no se sostiene únicamente por mecanismos jurídicos
o institucionales. Su estabilidad requiere una transformación más
profunda: la despolitización progresiva del ciudadano. Cuando la
sociedad pierde la capacidad de pensarse a sí misma como sujeto
constituyente, el control del poder deja de ser siquiera una aspiración.
La despolitización no implica apatía absoluta ni desinterés por los
asuntos públicos. Al contrario, en España existe una intensa actividad
discursiva en torno a la política:
debates mediáticos constantes,
confrontación ideológica, indignación moral, identificación partidista.
Lo que desaparece no es la política como conversación, sino la política
como facultad de decisión colectiva.
El ciudadano despolitizado opina, pero no decide. Se informa, pero no controla.
Participa
en discusiones sobre medidas concretas, líderes o escándalos, sin
cuestionar las reglas del juego que hacen irrelevante su opinión. La
atención se desplaza del poder como estructura al poder como
espectáculo.
Este desplazamiento no es casual. En ausencia de
Libertad Política Colectiva, la discusión sobre fines sustituye a la
discusión sobre reglas. Se debate qué debería hacerse desde el poder,
pero no quién lo controla ni cómo puede ser limitado. La política se
reduce así a una competencia moral entre relatos, no a una lucha por la
constitución del poder.
La educación cívica, los medios de
comunicación y el discurso institucional refuerzan este proceso. Se
enseña a los ciudadanos a identificarse con valores abstractos —
democracia, progreso, derechos— sin explicar las condiciones políticas
que hacen posible su realización. El lenguaje político se llena de
palabras nobles que encubren relaciones de poder intactas.
La
despolitización tiene además una dimensión psicológica. Al no existir
mecanismos reales de control, el ciudadano aprende que su acción no
tiene consecuencias. Esta experiencia repetida genera resignación,
cinismo o refugio en identidades ideológicas que proporcionan sentido
sin poder. El individuo se adapta al régimen reduciendo sus expectativas
políticas.
En este contexto, la protesta pierde su contenido
político. Puede ser masiva, ruidosa o emocionalmente intensa, pero
carece de eficacia estructural. Sin representación ni poder
constituyente, la protesta no amenaza al orden político: lo refuerza al
canalizar el descontento fuera de las instituciones decisivas.
El
resultado es una sociedad intensamente politizada en apariencia y
profundamente despolitizada en realidad. Se habla de política sin poder
político. Se exige responsabilidad a gobernantes que no dependen de los
ciudadanos. Se reclama cambio sin disponer de los instrumentos para
producirlo.
Comprender la despolitización del ciudadano es
esencial para evitar diagnósticos erróneos. El problema no es la falta
de interés, ni la ignorancia, ni la pasividad moral de la sociedad. El
problema es la ausencia de libertad política que convierte toda energía
social en ruido inofensivo.
Solo cuando la sociedad recupere la
conciencia de sí misma como sujeto constituyente podrá dejar de
confundirse participación con expresión y opinión con poder. Mientras
tanto, la despolitización seguirá siendo uno de los pilares más eficaces
del Estado de Partidos.
Extracto del libro LA MINORÍA CONSCIENTE. Descarga gratuita aquí

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