martes, 5 de mayo de 2026

LA DESPOLITIZACIÓN DEL CIUDADANO

 El Estado de Partidos no se sostiene únicamente por mecanismos jurídicos o institucionales. Su estabilidad requiere una transformación más profunda: la despolitización progresiva del ciudadano. Cuando la sociedad pierde la capacidad de pensarse a sí misma como sujeto constituyente, el control del poder deja de ser siquiera una aspiración.
La despolitización no implica apatía absoluta ni desinterés por los asuntos públicos. Al contrario, en España existe una intensa actividad discursiva en torno a la política:
debates mediáticos constantes, confrontación ideológica, indignación moral, identificación partidista. Lo que desaparece no es la política como conversación, sino la política como facultad de decisión colectiva.
El ciudadano despolitizado opina, pero no decide. Se informa, pero no controla.
Participa en discusiones sobre medidas concretas, líderes o escándalos, sin cuestionar las reglas del juego que hacen irrelevante su opinión. La atención se desplaza del poder como estructura al poder como espectáculo.
Este desplazamiento no es casual. En ausencia de Libertad Política Colectiva, la discusión sobre fines sustituye a la discusión sobre reglas. Se debate qué debería hacerse desde el poder, pero no quién lo controla ni cómo puede ser limitado. La política se reduce así a una competencia moral entre relatos, no a una lucha por la constitución del poder.
La educación cívica, los medios de comunicación y el discurso institucional refuerzan este proceso. Se enseña a los ciudadanos a identificarse con valores abstractos — democracia, progreso, derechos— sin explicar las condiciones políticas que hacen posible su realización. El lenguaje político se llena de palabras nobles que encubren relaciones de poder intactas.
La despolitización tiene además una dimensión psicológica. Al no existir mecanismos reales de control, el ciudadano aprende que su acción no tiene consecuencias. Esta experiencia repetida genera resignación, cinismo o refugio en identidades ideológicas que proporcionan sentido sin poder. El individuo se adapta al régimen reduciendo sus expectativas políticas.
En este contexto, la protesta pierde su contenido político. Puede ser masiva, ruidosa o emocionalmente intensa, pero carece de eficacia estructural. Sin representación ni poder constituyente, la protesta no amenaza al orden político: lo refuerza al canalizar el descontento fuera de las instituciones decisivas.
El resultado es una sociedad intensamente politizada en apariencia y profundamente despolitizada en realidad. Se habla de política sin poder político. Se exige responsabilidad a gobernantes que no dependen de los ciudadanos. Se reclama cambio sin disponer de los instrumentos para producirlo.

Comprender la despolitización del ciudadano es esencial para evitar diagnósticos erróneos. El problema no es la falta de interés, ni la ignorancia, ni la pasividad moral de la sociedad. El problema es la ausencia de libertad política que convierte toda energía social en ruido inofensivo.
Solo cuando la sociedad recupere la conciencia de sí misma como sujeto constituyente podrá dejar de confundirse participación con expresión y opinión con poder. Mientras tanto, la despolitización seguirá siendo uno de los pilares más eficaces del Estado de Partidos. 

Extracto del libro LA MINORÍA CONSCIENTE. Descarga gratuita aquí 


 

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