La ausencia de Libertad Política no solo produce efectos institucionales o psicológicos.
Tiene
también consecuencias morales profundas. Cuando una sociedad carece de
mecanismos para controlar el poder, la moral pública se distorsiona y
acaba desligándose de la responsabilidad política real.
En una
democracia formal, la moral pública está vinculada a la acción. Los
ciudadanos no solo juzgan el comportamiento de quienes gobiernan, sino
que disponen de medios efectivos para premiarlo o sancionarlo. La
responsabilidad política convierte el juicio moral en una fuerza real.
Allí donde esta relación existe, la moral no es solo un discurso, sino
una práctica. Como ya señalara Aristóteles, la política es la
culminación práctica de la ética en la vida social: es en la
organización del poder donde la moral de una sociedad se verifica y se
hace efectiva.
En el Estado de Partidos, esta relación se rompe. El
ciudadano conserva la capacidad de juzgar, indignarse o aprobar, pero
pierde la capacidad de actuar políticamente sobre aquello que juzga. La
moral queda así reducida a una expresión sin consecuencias. Se condenan
comportamientos que no pueden ser corregidos y se toleran abusos que no
pueden ser sancionados por la sociedad.
Esta desconexión genera una
moralización constante del discurso público. Al no poder intervenir
sobre las reglas del poder, la crítica se desplaza hacia la intención,
el carácter o la supuesta bondad de los gobernantes. Se exige
honestidad, sensibilidad o compromiso ético a personas que no dependen
políticamente de quienes las juzgan.
La corrupción es un ejemplo
revelador. En un régimen con Libertad Política, la corrupción es un
fallo grave que activa mecanismos de control y sustitución del poder.
En
el Estado de Partidos, en cambio, la corrupción se convierte en un
fenómeno recurrente y estructural. No porque los individuos sean
moralmente peores, sino porque el sistema no permite a la sociedad
corregirlos. Esta corrupción, convertida en factor de gobierno, se
extiende de arriba hacia abajo y termina impregnando todas las capas
sociales. España se convierte así en un entorno especialmente difícil
para las personas honestas y extraordinariamente fácil para las
conductas corruptas.
Esta situación produce una inversión moral
significativa. El ciudadano acaba interiorizando que la corrupción, el
incumplimiento de promesas o el abuso de poder son inevitables.
La exigencia moral se rebaja para poder convivir con una realidad que
no puede transformarse. La resignación sustituye a la responsabilidad.
Al
mismo tiempo, el régimen fomenta una moral abstracta y declarativa. Se
multiplican los discursos sobre valores, derechos o principios
universales, mientras se evita cualquier referencia a la libertad
política concreta que permitiría hacerlos efectivos. La moral se
convierte en un lenguaje legitimador del orden existente, no en un
criterio para transformarlo.
Esta moral sin libertad política cumple
una función estabilizadora. Canaliza el malestar hacia el reproche
ético individual y aleja la atención de las causas estructurales. El
problema deja de ser la forma de gobierno y pasa a ser la supuesta falta
de virtud de quienes gobiernan.
Comprender esta distorsión moral es
esencial para no confundir regeneración ética con cambio político. Sin
libertad política, ninguna reforma moral interna al Estado — centrada en
las personas o en los partidos— puede alterar la naturaleza del
régimen.
Puede modificar estilos, discursos o sensibilidades, pero
no la relación de poder entre gobernantes y gobernados. Solo un cambio
moral en la sociedad, que la lleve a reconocerse como sujeto
constituyente, puede ser origen de un cambio político real.
Mientras
la sociedad no recupere su condición de sujeto constituyente, la moral
pública seguirá siendo un sustituto impotente de la acción política. Y
allí donde la moral sustituye a la libertad, el poder permanece
intacto.
Extracto del libro La Minoría Consciente. https://archive.org/details/la-minori-a-consciente

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