La extraña esperanza de quienes pretenden cambiar todo para que nada cambie
Entre las múltiples respuestas que surgen frente al agotamiento del Estado de Partidos, pocas resultan tan reveladoras como la teoría del denominado "voto protesta reclamatorio". Sus promotores aseguran haber encontrado una vía legal para forzar la apertura de un proceso de reforma política mediante la introducción en las urnas de papeletas ajenas a los partidos.
Según esta tesis, si suficientes ciudadanos depositan esas papeletas, las Juntas Electorales las encontrarán durante el escrutinio general, los políticos tomarán conciencia del rechazo popular al sistema y se verán obligados a abrir un periodo de negociación para atender las reivindicaciones expresadas en dichos votos.
La propuesta posee una indudable fuerza emocional. Permite al ciudadano descontento sentirse activo sin apoyar a ningún partido. Le ofrece una sensación de participación sin exigirle compromisos organizativos. Y, sobre todo, le promete una solución sencilla a un problema extraordinariamente complejo.
Precisamente por eso conviene examinarla con rigor.
Porque una cosa es expresar una protesta política y otra muy distinta atribuirle efectos jurídicos inexistentes.
El primer engaño: confundir un acto simbólico con un acto jurídico
La teoría del voto protesta descansa sobre una confusión elemental.
Es cierto que las papeletas declaradas nulas forman parte de la documentación electoral. Es cierto que determinadas papeletas pueden conservarse junto a las actas y ser examinadas durante el escrutinio general. También es cierto que los artículos 97, 100 y 103 de la LOREG regulan aspectos relacionados con la documentación electoral y el procedimiento de escrutinio.
Pero de todo ello no se deriva ninguna consecuencia política extraordinaria.
Una papeleta conservada en un expediente administrativo sigue siendo exactamente eso: una papeleta conservada en un expediente administrativo.
No se convierte mágicamente en un mandato político.
No adquiere fuerza constituyente.
No obliga a las instituciones.
No genera deberes jurídicos nuevos.
La ley regula cómo se documenta ese voto. No obliga a nadie a asumir el contenido político que el votante haya querido expresar mediante él.
Los defensores de esta estrategia convierten un simple hecho documental en una supuesta palanca de transformación institucional. Y entre una cosa y otra existe un abismo.
El segundo engaño: confundir conocimiento con obligación
El argumento suele formularse de manera aparentemente razonable:
"Si los responsables políticos comprueban que existen miles de votos reclamando democracia formal, tendrán que responder."
Pero ¿por qué tendrían que hacerlo?
¿En virtud de qué norma?
¿Ante qué órgano responderían?
¿Qué sanción sufrirían si decidieran ignorar esas papeletas?
La respuesta es sencilla: ninguna.
La Junta Electoral no posee poder constituyente.
Las Cortes no adquieren ninguna obligación jurídica por el hecho de que aparezcan miles de papeletas semejantes.
El Gobierno tampoco.
Todo el razonamiento se basa en una sustitución ilegítima: se reemplaza la existencia de una información por la existencia de una obligación.
Pero conocer una reivindicación no significa estar obligado a satisfacerla.
Las instituciones conocen diariamente miles de reivindicaciones que jamás se transforman en decisiones políticas.
El tercer engaño: la superstición del número
Otra idea recurrente sostiene que si el voto protesta llegara a ser la opción más votada, los partidos quedarían automáticamente deslegitimados.
La afirmación resulta atractiva, pero carece de fundamento.
La legitimidad institucional de un régimen no desaparece porque una mayoría social exprese descontento.
La historia está llena de gobiernos profundamente impopulares que continuaron ejerciendo el poder.
La historia también está llena de regímenes que sobrevivieron a movilizaciones masivas, huelgas generales, crisis de legitimidad y contestaciones sociales mucho más intensas que cualquier campaña de voto protesta.
Para que la tesis fuera cierta debería existir previamente una norma que estableciera:
"Si el voto protesta alcanza determinado porcentaje, se iniciará un proceso de reforma política."
Pero tal norma no existe.
Y precisamente porque no existe, toda la estrategia se convierte en una petición de principio: da por supuesto aquello que intenta demostrar.
La falsa desobediencia civil
Los promotores de esta iniciativa suelen presentar el voto protesta como un acto de desobediencia civil.
La afirmación es especialmente llamativa.
La desobediencia civil consiste precisamente en incumplir una norma considerada injusta para poner de manifiesto un conflicto político o moral.
Sin embargo, introducir una papeleta en una urna siguiendo escrupulosamente el procedimiento establecido por la ley electoral no constituye una desobediencia.
Constituye exactamente lo contrario.
Es una conducta plenamente integrada en el funcionamiento ordinario del sistema.
Podrá hacerse con intención de protesta.
Podrá tener valor simbólico.
Pero sigue siendo un acto regulado, previsto y permitido por la misma legalidad que supuestamente se pretende desafiar.
Llamar desobediencia civil a una actuación expresamente contemplada por la ley equivale a vaciar de significado el propio concepto.
La contradicción que destruye toda la teoría
Existe, sin embargo, una contradicción todavía más profunda.
Los defensores del voto protesta suelen describir el régimen en términos extremadamente severos.
Afirman que los partidos monopolizan el poder.
Afirman que la representación es ficticia.
Afirman que las instituciones están secuestradas por oligarquías partidistas.
Afirman que el sistema está diseñado para perpetuarse.
Pero inmediatamente después sostienen que esas mismas oligarquías respetarán escrupulosamente una interpretación jurídica que amenaza directamente su posición dominante.
Es difícil imaginar una contradicción mayor.
Si el régimen es realmente una partitocracia cerrada, no existe motivo alguno para esperar que sus beneficiarios promuevan voluntariamente su desaparición.
Y si realmente fueran a hacerlo, entonces la descripción previa del régimen sería profundamente exagerada.
Las dos afirmaciones no pueden ser verdaderas al mismo tiempo.
La política infantil
Llegados a este punto conviene formular una pregunta incómoda.
¿Qué imagen del poder presupone esta teoría?
Parece asumir que los dirigentes políticos actuarán del siguiente modo:
"Hemos descubierto miles de papeletas reclamando una reforma que amenaza nuestra posición. Aunque ninguna norma nos obliga a ello y aunque vaya contra nuestros intereses, procederemos voluntariamente a abrir el proceso solicitado."
Esta visión del poder no pertenece al ámbito de la ciencia política.
Pertenece al terreno de las fábulas cívicas.
Mosca, Pareto y Michels dedicaron buena parte de su obra a explicar precisamente por qué las minorías organizadas no abandonan espontáneamente las posiciones de poder que ocupan.
Las estructuras políticas no se transforman porque quienes las controlan experimenten una súbita conversión moral.
La historia nunca ha funcionado de esa manera.
Por eso esta estrategia sólo puede sostenerse desde una notable ingenuidad política o desde un desconocimiento profundo de cómo operan realmente las instituciones.
Oportunismo y canalización del descontento
Existe, sin embargo, una interpretación más inquietante.
Es posible que algunos de sus promotores comprendan perfectamente la inconsistencia jurídica de la propuesta.
Si fuera así, la función real del voto protesta no sería transformar el régimen.
Sería canalizar el descontento hacia una vía perfectamente inocua para el propio régimen.
En lugar de organizar una alternativa política real, se ofrece a los ciudadanos una válvula de escape emocional.
En lugar de construir una fuerza capaz de alterar la correlación efectiva de poder, se les invita a depositar una papeleta cuya consecuencia práctica está previamente neutralizada por el propio sistema.
La protesta queda absorbida.
La indignación encuentra una salida simbólica.
Y el régimen continúa funcionando exactamente igual al día siguiente.
Desde esta perspectiva, el voto protesta no sería una amenaza para la partitocracia, sino uno de los mecanismos más eficaces para desactivar políticamente a quienes se oponen a ella.
La abstención y el falso dilema
La debilidad de esta teoría alcanza incluso a su crítica de la abstención.
Se afirma que quien no vota acepta que otros decidan por él.
La afirmación es arbitraria.
La abstención puede expresar conformidad, indiferencia, imposibilidad material o rechazo consciente del sistema.
Del mismo modo, una papeleta de protesta puede expresar inconformismo sincero o simple necesidad psicológica de participar.
Ninguna de las dos conductas posee por sí misma capacidad transformadora.
Lo decisivo no es introducir o no introducir un papel en una urna.
Lo decisivo es si existe una estrategia política capaz de modificar efectivamente las relaciones de poder existentes.
Conclusión
El voto protesta reclamatorio se presenta como una vía legal para superar el Estado de Partidos. Sin embargo, un examen riguroso revela que descansa sobre una cadena de confusiones: confunde documentos con mandatos políticos, conocimiento con obligación jurídica, expresión simbólica con transformación institucional y participación electoral con desobediencia civil.
Su atractivo procede precisamente de su aparente simplicidad. Promete derribar un régimen sin necesidad de enfrentarse a los problemas reales que plantea cualquier transformación política. Permite creer que bastará con introducir una papeleta en una urna para que quienes controlan las instituciones acepten voluntariamente limitar su propio poder.
La cuestión decisiva es ésta: si el régimen es tan poderoso y cerrado como afirman sus críticos, resulta ingenuo esperar que se disuelva obedeciendo una interpretación jurídica que nadie está obligado a respetar. Y si realmente fuera a hacerlo, entonces el régimen no sería aquello que dicen combatir.
Por ello, el voto protesta reclamatorio sólo puede interpretarse de dos maneras. O bien como una manifestación de infantilismo político que desconoce la naturaleza del poder y las instituciones, o bien como una forma de oportunismo que ofrece a los descontentos una ilusión de acción mientras los mantiene dentro de los límites perfectamente seguros establecidos por el propio sistema.
En ambos casos, el resultado es el mismo: una estrategia incapaz de producir aquello que promete.

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