Hay uno que ha liberado el ánimo humano y el conocimiento que estaba encerrado en la estrechísima cárcel del aire turbulento, donde apenas, por ciertos agujeros, podíamos mirar la verdad, liberándonos de las quimeras introducidas por aquellos que (salidos del fango se presentaron como Mercurios de la Democracia) con multiforme impostura han llenado lo político y la política, de infinitas locuras, bestialidades y vicios como si fueran otras tantas virtudes, aniquilando aquella luz de la razón que suponía la esperanza de la libertad. Por ello, la razón, por tanto tiempo oprimida, en ocasiones, lamentándose en algún intervalo de lucidez de su condición tan baja, se dirige a su mente que le susurra y se queja: “¿Quién subirá por mí al cielo a devolverme mi perdido ingenio?”
He aquí a aquel que ha disipado las imaginarias murallas de la libertad política. Así, a la vista de todos los sentidos y de la razón, abiertos con la llave de la diligentísima investigación aquellos claustros de la verdad que nosotros podemos abrir, desnudada la velada y encubierta naturaleza de lo que existe, ha dado ojos a los topos, iluminado los ciegos que no podían fijar los ojos y mirar su imagen en tantos espejos que por todas partes se les presentan; ha soltado la lengua al mudo que no sabía y no se atrevía a explicar su pensamiento.
Ya no está encarcelada nunca más nuestra razón con los cepos de las mentiras de un régimen nacido de la corrupción.
“Dejad las sombras y abrazad lo verdadero, no cambiéis el presente por el futuro. Yo, de tener días mejores, no desespero, mas por vivir más alegre y más seguro gozo el presente y del futuro espero: así doble dulzura me procuro.”
Uno solo, aunque solo, puede y podrá vencer, y al final habrá vencido y triunfará contra la ignorancia general. Y no cabe duda alguna de ello, si el asunto debe decidirse no con la multitud de ciegos y sordos testimonios, de injurias y palabras vanas, sino con la autoridad de un sentido regulado, el cual será quien deberá pronunciar la conclusión. Porque en realidad todos los ciegos no valen uno que ve y todos los necios no pueden suplir a un sabio.
“Disce, sed a doctis, indoctos ipse doceto” Aprende, pero de los doctos; a los indoctos, enséñales.
El peso de la verdad no es para las espaldas de cualquiera, sino para aquellos que pueden llevarlo, o cuando menos moverlo hacia su término. Quienes lo acarrean o mueven, no deben comunicarla a todo tipo de personas, a no ser que quieran lavar la cabeza del asno o comprobar lo que saben hacer los cerdos con las perlas, recogiendo de su estudio y fatiga aquellos frutos que suele producir la temeraria y necia ignorancia, junto con la presunción y descortesía que es su perpetua compañera. Podemos, por tanto, ser maestros de aquellos ignorantes e iluminadores de aquellos ciegos que reciben dicho nombre no por incapacidad emanada de impotencia natural o por carencia de ingenio y aplicación, sino tan sólo por no advertir y no tomar en consideración, lo cual sucede únicamente por privación del acto y no también de la potencia. De estos últimos hay algunos tan malvados y desalmados que por una cierta indolencia y envidia se encolerizan y ensoberbecen contra aquel que creen que pretende enseñarles (a ellos, que son estimados y –lo que es peor- se estiman a sí mismos doctos y doctores) y se atreven a mostrar saber lo que ellos no saben. Entonces los veréis sofocarse y rabiar.
A los repúblicos se nos critica por ser directos, por ser severos con la mentira; se nos confunde por prepotentes. Nada nos importan sus juicios; los lectores, cuando vean cómo han sido tocados los demás, encontrarán el medio de despabilarse y escarmentar en cabeza ajena. Los que se sientan heridos o golpeados abrirán tal vez los ojos y, viendo su pobreza, su desnudez, su indignidad, podrán (si no por amor propio, cuando menos por vergüenza) corregirse o cubrirse si no quieren reconocer su situación.
Si os parece que golpeamos la espalda de algunos individuos con excesiva fuerza y dureza, tened presente que esos animales no tienen la piel muy suave; si los golpes fuesen cien veces mayores, no los apreciarían en absoluto ni los sentirían más que si fuesen caricias de una doncella.

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