A los repúblicos se nos tacha de utópicos o de estúpidos por pretender cambiar el régimen monárquico por una República Constitucional. Quien así lo hace, no comprende que nosotros sabemos muy bien, que la denuncia de la ilegitimidad democrática de esta Constitución, no puede cambiar este régimen por si misma.
Nuestro objetivo, nuestro verdadero enemigo, no es el orden político establecido. El enemigo es la mentira. La ilusa opinión ideológica que afirma que este orden político es democrático.
Creer que pueda haber alguna posibilidad de tocar siquiera ese orden, sin vencer primero la mentira que lo sostiene y protege, es de una ingenuidad temeraria.
Esa mentira ilusoria, que es hoy hegemónica, y que está firmemente arraigada en el pensamiento común, no es otra que la creencia de que se vive en democracia. Ahí es donde está la lucha y el empeño de los repúblicos. Una lucha sin ruido ni estridencias, con la paciencia y la prudencia propias de la acción política inteligente, hasta que llegue el momento de que la hegemonía cultural de la Libertad-Política sea una realidad. Con la ilusión realista de la democracia formal de la República Constitucional.
“No hay nadie más odiado que aquel que dice la verdad” como expresó Platón. Y poco nos importa eso a los que nos mueve la pasión por la Libertad. Nadar a contracorriente nunca ha sido fácil, pero el ideal que perseguimos, nos impulsa con fuerza acompañados por la alegría de saberse portadores de la clave para humanizar al Estado. Perseguimos la mentira impávidos ante la incomprensión y el rechazo.
Romper la ilusión dañina que crea la propaganda con el fin de alienar las conciencias, hasta que alcancen el éxtasis en su propia dominación, es nuestro cometido. Si no se saca a la sociedad del actual infantilismo político que la domina y de su confortable ilusión, no hay ninguna posibilidad de progreso. De nada sirven las manifestaciones públicas y las marchas multitudinarias si no se alcanza antes un punto en el que se tache de ignorante y mentiroso a todo aquel que llame democrática a la Constitución del Estado de Partidos.
Llamar a las cosas por su verdadero nombre cambia la realidad de lo que se vive y se inicia un proceso ilusionante y realista por alcanzar lo que no se posee. No existe mayor prueba de la potencia de la acción de decir la verdad, que la represión que sobre el que la ejerce se aplica.
Bien saben lo peligrosos que somos para sus intereses y es cierto que nos consideran los únicos enemigos del Estado. Permitirán las manifestaciones contra el orden estatal y social pues la mentira les protege y no ven amenaza alguna en ellas, pues es cierto que no la hay. Dejar que se agoten y que se extinga, con el tiempo, la indignación que mueve al activismo y que regresen a la ilusión tranquilizadora. Que pierdan toda esperanza y cierren para siempre la entrada a las ideas de Libertad por actuar sin la prudencia que la titánica tarea de derrocar la mentira requiere. Activismo insensato tan enemigo de los repúblicos como lo es la mentira. Insensatez, sorda a toda advertencia, que dificulta aún más la labor de los repúblicos. Movimientos vacíos de verdadera acción. Niebla para cubrir la mentira y enmascararla aún más.
La acción ahora es, y no puede ser otra, que la de arrebatar de las conciencias la ilusión ideológica de vivir en democracia volviéndola insoportable, cosa que sólo se consigue con la verdad en el lenguaje y en los actos. Se debe sustituir por una nueva ilusión realista de alcanzar la Libertad-Política Colectiva que rompa la servidumbre voluntaria actual y que conduzca a la Democracia de la República Constitucional.
VERDAD=LIBERTAD

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