En muchas sociedades modernas existe una sensación extendida de vivir en democracia, como si la libertad política fuera un hecho asegurado. Sin embargo, esa percepción es sólo una apariencia. Los pueblos suelen aferrarse a aquello que les da cierta tranquilidad, aunque sea falso, y rara vez desean un cambio real cuando creen que ya lo poseen. Por eso, sólo los grandes acontecimientos o crisis profundas sacan a la luz las verdaderas causas del malestar político.
Mantener la vieja división entre derecha e izquierda como si aún tuviera poder para transformar la vida pública es la trampa oligárquica que mantiene a la sociedad castrada. Cuando los partidos se integran en el Estado y pasan a depender de él, esa diferencia pierde su sentido original. Todos terminan conservando el mismo tipo de poder y protegiendo su posición dentro del régimen. Lo que antes distinguía unas ideologías de otras queda reducido a etiquetas que ya no describen la realidad política, aunque sigan presentes en la vida social.
Este fenómeno no es nuevo. A finales del siglo XX hubo momentos decisivos que lo hicieron visible. Las revueltas estudiantiles del 68 o la propia Transición española mostraron que los partidos, pese a sus discursos opuestos, actuaban como un bloque unido cuando se trataba de mantener intacto el orden que los sostenía. En ambos casos, el temor a la inestabilidad fue utilizado para desactivar cualquier impulso de cambio profundo y para consolidar un régimen donde las élites políticas quedaran protegidas y reforzadas.
A ello se suma el mito de la unidad, que se presenta como una condición necesaria para alcanzar la libertad. Se proclama que “la unión hace la fuerza”, pero esta idea puede convertirse en un dogma que obliga a renunciar a principios fundamentales del pluralismo político. La auténtica unidad sólo puede surgir de un acto libre de constitución, no de la presión interna ni del miedo. Salvo en situaciones de guerra, ningún movimiento de liberación ha producido por sí mismo una unidad política real, porque la libertad no nace de imponer unanimidad, sino de garantizar la diversidad.
El mito más poderoso, sin embargo, es el de la soberanía popular. Se invoca el nombre del pueblo como si fuera una autoridad absoluta que legitima todo. Pero cuando esta idea se usa desde estructuras de poder cerradas, el pueblo se convierte en una simple excusa. Los Estados de Partidos emplean esa soberanía como un disfraz: hacen creer que representan la voluntad general, cuando en realidad identifican su propio interés con el del conjunto de la sociedad. Así, la falsa democracia no es un sistema basado en la representación de los ciudadanos, es una careta que oculta la concentración del poder.
Es letal confundir la estabilidad política con la libertad, las etiquetas ideológicas con auténticas alternativas y la retórica democrática con democracia verdadera. Reconocer esta diferencia es el primer paso para alcanzar la libertad política, aquella que sólo puede existir cuando existe representación política y separación de poderes.
El triunfo de la muerte de Pieter Bruegel el Viejo.

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