miércoles, 8 de abril de 2026

FALSAS DEMOCRACIAS

 En las falsas democracias se ha normalizado la idea de que la expresión partidista equivale a la expresión genuina del cuerpo social. Esta equiparación desplaza hacia la ciudadanía una responsabilidad que no le pertenece: cada desvío, abuso o deterioro institucional cometido desde el poder termina atribuyéndose, de manera implícita, a quienes solo han depositado un voto, no a quienes ejercen la autoridad ilegítimamente. Con ello se difunde la apariencia de un consenso permanente entre gobernantes y gobernados, cuando toda comunidad política está atravesada por tensiones y divergencias que forman parte de su naturaleza. Negar esa pluralidad equivale a sofocar la voz del disenso y a imponer una ficción de armonía que solo beneficia a quienes ostentan el poder.

Frente a ese modelo, es necesario imaginar una forma de unidad que no dependa de la fuerza ni de la agregación mecánica de intereses partidistas. Una unidad basada en la libertad exige un fundamento cualitativo, no cuantitativo: un vínculo entre las personas y la verdad que reconocen como común. Tal vínculo no nace de la obediencia ni de la adhesión a voluntades ajenas, sino de la capacidad colectiva de decidir de manera libre el marco político en el que desean vivir. Para ello, el acto constituyente no puede convertirse en un plebiscito dirigido desde el poder, sino en un proceso donde la sociedad elija sin coacción entre alternativas claras sobre la forma de Estado y de gobierno.

Las transiciones posteriores a regímenes autoritarios han demostrado, sin embargo, que el miedo a la libertad puede ser tan poderoso como la represión misma. En lugar de abrir la puerta a una verdadera democracia, se han construido regímenes basados en el reparto de poder entre partidos integrados en el Estado. Ese diseño ha consolidado estructuras que privilegian la estabilidad de las élites y niegan la libertad de la ciudadanía. Cuando todos los actores institucionales ganan poder a costa de la participación en votaciones sin elección, la distinción entre mayorías y minorías pierde sentido, sustituida por acuerdos que anulan toda confrontación de principios.

Este proceso se ve reforzado por un clima cultural donde el autoengaño colectivo adquiere la apariencia de virtud cívica. Los gobiernos terminan erigiéndose en intérpretes absolutos de la realidad, mientras sus errores se transforman en dogmas aceptados por amplios sectores sociales que temen abandonar la ilusión que los protege. Los medios, convertidos en una especie de sacerdocio secular, amplifican ese relato hasta que cualquier alternativa se percibe como peligrosa, utópica o incluso monstruosa. La opinión pública se acostumbra así a una visión del poder que no admite límites ni controles, y que premia la devoción a la ficción mientras desprecia cualquier intento de recuperar la verdad.

Cuando la voluntad social se confunde con la voluntad partidista, cuando la unidad se basa en la fuerza y no en la libertad, cuando el consenso sustituye al conflicto democrático y cuando el autoengaño ocupa el lugar de la crítica, la libertad política no existe como experiencia común. Alcanzarla exige una ruptura con la ilusión consensual y la construcción de una sociedad capaz de reconocerse a sí misma como origen del poder. Solo entonces podrá emerger una unidad auténtica, sustentada no en la imposición ni en el miedo, sino en la verdad compartida y en la decisión libre de todos.

Gian Lorenzo Bernini, La Verità svelata dal Tempo


 

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