Nada hay más engañoso, ni más eficaz para desviar la atención de los verdaderos problemas políticos, que presentar el nacionalismo como una emanación natural de los pueblos, como si en él hablara la voz profunda de la historia y no, como en realidad sucede, la ambición circunstancial de las élites que buscan en la debilidad del Estado la ocasión propicia para rehacer, en su propio beneficio, el mapa del poder.
Porque si algo enseña la experiencia histórica, y la enseña con una claridad que sólo la ceguera ideológica puede negar, es que el nacionalismo no ha sido nunca un movimiento espontáneo de las masas, ni una necesidad vital de los pueblos, sino una construcción intelectual y política elaborada por minorías dirigentes que, incapaces de imponerse en el marco general del Estado, han encontrado en la invocación de una supuesta identidad nacional el instrumento más adecuado para legitimar sus aspiraciones de mando.
De ahí que el nacionalismo, lejos de ser la expresión de una conciencia colectiva preexistente, sea, por el contrario, el artificio mediante el cual se pretende crear esa conciencia, atribuyéndole después el carácter de fundamento originario. Se invierte así el orden de la realidad: lo que es producto se presenta como causa, y lo que es estrategia se disfraza de destino.
Y no es casual que este fenómeno aparezca, con insistente regularidad, en los momentos de crisis del Estado. Cuando el poder político pierde su capacidad de integración, cuando deja de ofrecer a los ciudadanos un marco estable de convivencia y de representación, surge el nacionalismo como respuesta sustitutiva, no para resolver esa crisis, sino para explotarla. Allí donde el Estado no logra articular la unidad política, el nacionalismo introduce la división como principio de acción.
Pero el error más grave, y el más extendido, consiste en confundir la intensidad de los sentimientos con la legitimidad de sus consecuencias políticas. Que existan afectos, lenguas, tradiciones o memorias diferenciadas no implica, en modo alguno, la necesidad de convertir esas diferencias en fronteras políticas. Sólo una concepción profundamente errónea de la nación puede llevar a identificar la riqueza de lo plural con la exigencia de la separación.
En realidad, el nacionalismo no defiende la diversidad; la utiliza. No protege las diferencias; las instrumentaliza. Y lo hace subordinándolas a una idea previa de identidad que, para afirmarse, necesita excluir todo aquello que no encaje en su definición. Por eso su lógica interna es necesariamente reductora: simplifica lo complejo, uniformiza lo diverso y transforma en antagonismo lo que en la vida social es mera coexistencia.
Ahora bien, sería un grave error limitar este análisis a los llamados nacionalismos periféricos, como si el problema residiera únicamente en quienes se oponen al Estado desde posiciones separatistas o autonomistas. Existe también, y no menos peligroso, un nacionalismo de Estado que, bajo la apariencia de neutralidad institucional, identifica la nación con el aparato de poder y convierte a éste en su intérprete exclusivo.
Ambas formas de nacionalismo —la que combate al Estado y la que se confunde con él— participan de una misma falsificación: la de suponer que la nación es una realidad disponible para la acción política, algo que puede ser redefinido, ampliado, fragmentado o reconstruido según las necesidades del poder. Y, sin embargo, la nación, en cuanto hecho de existencia histórica, es radicalmente ajena a esas operaciones.
La nación no es un proyecto, ni un programa, ni una idea que deba realizarse. No es algo que pueda decidirse, ni negociarse, ni someterse a votación. Es, simplemente, aquello en lo que se nace, se vive y se muere; una realidad previa a toda voluntad política, que no depende ni de la libertad de los individuos ni de la del Estado para afirmarse o desaparecer.
Precisamente por eso, porque la nación no es objeto de la libertad, sino su condición, resulta tan profundamente perturbador el intento de someterla a las decisiones del poder político. Cuando el Estado se arroga la facultad de modificar la base nacional sobre la que se asienta, deja de ser un instrumento de organización para convertirse en un agente de desintegración.
Y esto es lo que sucede cuando, bajo la apariencia de libertad, se concede al poder político un amplio margen para intervenir sobre la propia realidad nacional —alterando su equilibrio histórico y territorial— mientras se priva a los ciudadanos de la única libertad capaz de limitar ese poder: la de elegir y controlar directamente a sus gobernantes. De este modo, el Estado adquiere una peligrosa autonomía frente a la nación, pero no queda verdaderamente sometido a la voluntad de los ciudadanos.
En este contexto, el nacionalismo aparece no como la causa, sino como el síntoma de una patología más profunda: la ausencia de libertad política. Allí donde los ciudadanos carecen de los medios efectivos para controlar el poder, las ideologías identitarias encuentran un terreno fértil para su expansión, ofreciendo una falsa solución a un problema real.
Pero esa solución es ilusoria. El nacionalismo no corrige las deficiencias del Estado; las agrava. No restablece la unidad política; la fragmenta. No amplía la libertad; la restringe. Y, sobre todo, no sustituye la falta de representación por una forma superior de participación, sino por una nueva forma de subordinación, esta vez en nombre de la identidad.
Por ello, la oposición entre nacionalismo y Estado es, en última instancia, una falsa oposición. Ambos pueden coincidir, y de hecho coinciden, en un mismo resultado: la subordinación de la sociedad a un poder que se legitima a sí mismo, ya sea en nombre de la unidad o de la diferencia. Lo que se enfrenta, en realidad, no son dos concepciones de la nación, sino dos formas de apropiación política de una realidad que ninguna de ellas ha creado.
La verdadera alternativa no consiste, por tanto, en elegir entre uno u otro nacionalismo, ni en reforzar el Estado frente a ellos, sino en transformar radicalmente el régimen político que hace posible su existencia. Sólo allí donde el poder esté efectivamente sometido al control de los ciudadanos, donde la representación sea real y no ficticia, donde la libertad política deje de ser una apariencia para convertirse en una facultad efectiva, podrá neutralizarse la permanente tentación de convertir la nación en instrumento de dominación.
Porque, en definitiva, el nacionalismo no prospera por la fuerza de sus ideas, sino por la debilidad de las instituciones que deberían hacerlas innecesarias. Y mientras esa debilidad persista, seguiremos asistiendo, bajo formas cambiantes, al mismo espectáculo: el de una nación utilizada por el poder contra los ciudadanos, y de unos ciudadanos privados del poder necesario para impedirlo.
Study after Velázquez's Portrait of Pope Innocent X — Francis Bacon

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