La reflexión requiere una cantidad enorme de energía y tiempo, es una actividad exigente que demanda práctica y constancia. No es de extrañar pues, que la comodidad intelectual de admitir tópicos y conceptos ya elaborados, tenga una aceptación tan rápida y extendida. Cualquier explicación rápida y sencilla nos libera del trabajo de reflexionar, si a esta explicación añadimos un componente pasional, pocos son los que pueden escapar a los encantos de lo fácil. Sin embargo, lo fácil, no tiene que ser necesariamente lo que nos conviene. De ahí la importancia de la reflexión, ese ejercicio que nos ha de conducir, si se ejecuta con honestidad intelectual, a una claridad que nos permita tomar la decisión propia.
Si hay una parcela de nuestras vidas donde nuestros intereses están realmente en juego, esa es la de lo político (lo que a todos afecta). Es aquí donde la reflexión debería estar presente en todo momento y sin embargo la demagogia nos llevará, de la mano de las pasiones, a los caminos que nos alejan de la razón si no se toman las precauciones pertinentes.
Lo fácil es culpar a la clase política de los problemas, elegir un bando (color, ideología) y culpar, al contrario, o simplemente, dejarse hacer, porque buscar una solución requiere esfuerzo. Lo necesario para nuestros intereses es, por el contrario, reflexionar sobre lo que existe. Es buscar las causas de las consecuencias que vemos y padecemos.
Preguntarse por qué en España existen leyes que no responden a los intereses de los españoles sería un buen comienzo. Enseguida veríamos, que las leyes, no las hacen los españoles sino los partidos políticos. Preguntarse quién es mi diputado, nos demostraría que no existen representantes de la sociedad, sino empleados de los partidos, pues no hay representación política. Preguntarse por qué son los partidos los que eligen jueces, nos demostraría que no hay independencia judicial. Preguntarse por qué todos los presidentes del gobierno anuncian las leyes que harán, cuando el poder ejecutivo no está para crear leyes sino para ejecutarlas, revelaría la falta de separación de poderes. Serían todas estas cuestiones la manera de revelar la única conclusión posible y ésta es, que lo que existe en España no se corresponde con la definición de Democracia.
Si no es Democracia, tal como los hechos demuestran, tendrá que ser otra cosa lo que hay en España como forma de gobierno. Con un poco de interés, pronto se puede averiguar que lo que existe hoy se llama Estado de Partidos y que sus características responden a lo que vemos, es decir, ausencia de representación política de los gobernados, partidos estatales y por supuesto nada de separación de poderes. Aprenderíamos que con esta forma de gobierno los votantes se convierten en legitimadores de lo que existe y responsables directos de las acciones del Estado, por muy indignas que éstas nos parezcan. Y llegaríamos a la claridad de ver, que el culpable de las consecuencias que padecemos, es el mismo que sostiene las causas que las provocan, es decir el hombre del espejo.
No son los gobiernos, no son los presidentes, no es el
partido, es la forma de gobierno la fuente causal de todo cuanto vemos y es ese
hombre del espejo el que lo apoya y sostiene cuando deposita su voto en una
urna sin Democracia. Es ahí donde comienzan sus problemas y es ahí donde está
la solución que nos muestra la razón obtenida mediante la reflexión. Dejar de
sostener lo que nos perjudica, es el paso inteligente que ha de dar cualquiera
que quiera mirarse al espejo sin un sentimiento de culpa. No vote y mírese al
espejo con dignidad pues usted ya no será sostén de la falta de Libertad y de
Democracia.

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